Huellas de perro azul

Recorrer lugares que pueblan el mundo literario de Gabriel García Márquez nos permite, a quienes ya gozamos de sus historias, espiar detrás del pañuelo de mago, aguzar la mirada a la manga, hurgar en cada movimiento con la ilusión ya no del truco, sino de develar su misterio. 

Por: Pablo Solana*. Crear historias es un oficio que cultivó con maestría el colombiano mundialmente más famoso. Estamos en Cartagena de Indias: mal haríamos en dejar pasar la oportunidad de conocer las mañas que aquí desarrolló Gabo, descubrir el basamento mundano, material, de sus creaciones, Al llegar sabemos poco, pero nos vamos enterando: hay toda una guía literaria posible en torno a su obra. Solo se trata de decodificar las huellas que, con total picardía, sembró por la ciudad. Cargamos el ebook con su obra completa pirateada y nos damos a la aventura. 

Gabo siempre explicó cuánto le costaba escribir (sobreactuando un poco con fines pedagógicos, quiero creer). Se preocupó por despejar el carácter mágico del método —no de las ficciones, aunque éstas también tuvieron, como veremos, su anclaje real—. Decenas de veces le han preguntado por Cien años de soledad: una historia que cultivó durante 17 años y que, recién cuando se decidió a terminar, debió dedicarle 8 horas diarias de escritura durante 18 meses sin descanso. Pero eso fue más adelante, en México. Aquí, en Cartagena, durante sus primeros años de reportero aprendió de su editor en El Universal, Clemente Manuel Zabala, “la poesía de la realidad”: alejarse de los cuentos fantásticos y metafísicos para adoptar los hechos concretos como fuente de creación literaria. “Romperle el cuello al cisne” era la expresión de cabecera de Zabala, una incitación a abandonar el estilo florido de la literatura romántica. Gabo así lo asumió: “Uno tiene que trabajar con sus propias realidades, eso no tiene remedio. El escritor que no trabaje con su propia realidad, con sus propias experiencias, está mal, anda mal”, dijo alguna vez.

En la biografía de un artista suelen ser más determinantes los hechos simbólicos que los hechos reales, solía afirmar el lingüista ruso Roman Jakobson. No pretendemos construir nada parecido a una biografía de Gabo, pero podemos tomar el consejo para despejar, del recorrido que sigue, algunos “hechos reales” de su devenir en la ciudad: cuando llegó sin plata tras el Bogotazo y terminó en un calabozo; la historia del payaso pintado detrás de una puerta; su presencia temprana en el Festival Internacional de Cine; la majestuosa residencia que mandó construir después de Nobel; hasta la locación de sus cenizas dentro de un busto con su rostro de dudoso gusto. Lejos de esos tópicos biográficos, preferimos seguir los pasos no del escritor sino de las historias que narró.

Es sabido que dos de sus novelas tienen como escenario a esta ciudad, aunque el nombre Cartagena, en una y otra, se vuelve esquivo, casi no aparece. Como si Gabo hubiera querido evitar la asociación fácil, la referencia explícita. Otras tantas historias tienen también su anclaje indirecto con la Ciudad Amurallada y sus alrededores.

Releyendo ambos libros en clave cartagenera, investigando un poco, ya tenemos de qué sorprendernos. Pero hay más: el náufrago con el que se hizo famoso, algún pasaje del laberinto del General, el inevitable pelotón de fusilamiento y la fascinación por el hielo, hasta el mismísimo nombre del coronel que hilvana los cien años más famosos de la literatura latinoamericana: todo eso pasa, de una manera u otra, por esta ciudad.

Fermina y Florentino

Durante las 496 páginas de El amor en los tiempos del cólera (1985) el nombre de Cartagena se menciona una sola vez: 

Desde el cielo, como las veía Dios, vieron las ruinas de la muy antigua y heroica ciudad de Cartagena de Indias, la más bella del mundo, abandonada de sus pobladores por el pánico del cólera, después de haber resistido a toda clase de asedios de ingleses y tropelías de bucaneros durante tres siglos.

La escena retrata el primer viaje en globo por el Caribe, el más memorable de los actos de conmemoración del nuevo siglo, a inicios de 1900. El doctor Juvenal Urbino y su esposa Fermina Daza veían lo que quedaba de una ciudad ajena, extemporánea. Sin embargo, la locación de gran parte de la novela, que sucede en una ciudad sin nombre, remite inequívocamente a la misma ciudad que Gabo, como parte de sus guiños literarios, elije mencionar sólo como al pasar, a vuelo de globo.

El muelle en el que se encontraban las oficinas de la Compañía Fluvial del Caribe donde Florentino Ariza hizo sus primeras experiencias laborales y de donde partió el buque del amor final, no es otro que el actual Muelle de los Pegasos, entre la Torre del Reloj y el Centro de Convenciones, junto al Camellón de los Mártires. Por una vía navegable que comunica la bahía de Cartagena con el río Magdalena partió el buque de vapor en el que él y ella concretaron aquel viaje tardío destinado a ser un “ir y venir del carajo”, después de 53 años, 7 meses y 11 días de desencuentro.

Goletas antiguas aún decoran el Muelle

 

El Portal de los Escribanos donde Fermina se topó con ese “rostro lívido, los labios petrificados de miedo” de Florentino Ariza, donde “se le reveló completa la magnitud de su propio engaño” y concluyó que ese sujeto no merecía sus calores, suele ser asociado al Portal de los Dulces, frente a la Torre del Reloj; sin embargo, quienes mejor conocen afirman que en la novela la descripción remite a otra galería, la que se encuentra a uno de los lados del Parque de Bolívar, frente al Palacio de la Inquisición. Hoy el lugar es de exclusivo paseo de turistas, aunque el fermento popular que describe Gabo aún puede intuirse, salvando el siglo de distancia, en el bullicio de otros rincones por fuera del centro de la ciudad, como el Parque de las Flores o los callejones de tiendas y vendedores callejeros entre San Diego y Getsemaní. Se trata de esos pasajes que aún hoy generan la alarma al extranjero: “tenga cuidado si va por ahí”, pero que ya en los tiempos del cólera no eran los más apropiados para andar ostentando ajenidad o, como le sucedía a nuestra heroína, para someterse al roce popular desde la pretensión de otra condición social.

Fermina Daza compartía con sus compañeras de colegio la idea peregrina de que El Portal de los Escribanos era un lugar de perdición, vedado, por supuesto, a las señoritas decentes. Era una galería de arcadas frente a una plazoleta donde se estacionaban los coches de alquiler y las carretas de carga tiradas por burros, y donde se volvía más denso y bullicioso el comercio popular. (…) Fermina Daza, poco diestra en el uso de la calle, se metió en el portal sin fijarse por dónde andaba, buscando una sombra de alivio para el sol bravo de las once.

El nombre del portal viene de los tiempos de la colonia, aunque el oficio de “escribano” (escribidor, diría Vargas Llosa) se sigue practicando. En la entrada del Parque de las Flores pueden verse aún activas antiguas máquinas de escribir, más similares a las de principios del siglo pasado que a la tecnología actual. Aunque ahora ofrecen textos legales y trámites burocráticos, el anacronismo del tableteo de las teclas mecánicas sobre el papel nos transporta a los tiempos de las cartas de amor que Florentino escribía para otros, en las que canalizaba su propia frustración.

“Cartas de amor ya nadie pide, puras declaraciones de rentas”, cuentan los escribidores en el Parque de las Flores

 

Cuando “Florentino Ariza vio a Fermina Daza en el atrio de la catedral”, el flacuchento desgraciado estaba mascullando su bronca en uno de los bancos de la mismísima Catedral Basílica Metropolitana de Santa Catalina de Alejandría, frente a la plaza de la Proclamación, ahí nomás del Parque Simón Bolívar. En ese momento, mientras se sucedía la celebración, decidió, “como si dependiera de él, que el doctor Juvenal Urbino tenía que morir”. Frente a la Catedral de Cartagena Florentino había entregado a Fermina la primera carta, y allí mismo, cumpliendo con los designios del tiempo más que con la voluntad de su contradictor, medio siglo después Juvenal Urbino finalmente tuvo la misa conmemorativa de su muerte a la que, sin medir consecuencias, Florentino decidió asistir.

Mientras recorro los lugares que remiten a la novela no necesito volver a sus páginas: aquella historia recobra fuerza en la memoria, como un bello sueño que facilita el subconsciente. Por algún motivo que no logro desentrañar, el descubrimiento que me produce más atracción es la casa de Fermina Daza. Allí sucedió el cruce de miradas que desencadenó el amor romántico más dificultoso y prolongado. La morada que inspiró a Gabo a situar la vida familiar de Fermina, su tía y su padre es hoy un sobrio caserón de fachada blanca, frente al parque Fernández de Madrid. Como en todos los sitios recorridos hasta ahora, en este tampoco hay algún tipo de identificación que permita dar cuenta de esta historia. La referencia para encontrar la casa es el edificio de la Alianza Colombo Francesa que se encuentra a su izquierda. En el barrio identifican el lugar por su denominación histórica y no por su importancia literaria: casa de Don Benito, así se la conoce. Es que el caserón tiene una historia más antigua, más dramática aún en la realidad que en la novela. Allí, hace 4 siglos, vivió el cirujano portugués Blas Benito de Paz Pinto, quien había llegado desde Angola para escapar de la Inquisición española que ya había ejecutado no se sabe bien si a su hermana o su amante. Acusado en Cartagena de ser “capataz de los judíos”, fue nuevamente capturado por la Iglesia Católica y torturado hasta la muerte, tras lo cual los curas robaron su fortuna. El caso resultó escandaloso en su época ya que el hombre era apreciado en la ciudad. Desde entonces la casa acumula siglos de ser una de las que concita mayor misterio en Cartagena.

Cuidada pero poco habitada, la casa de Fermina Daza

 

A principios de los 80, una madrugada, Gabo buscaba bares junto a su hermano Jaime y al pasar por el lugar, que por entonces tenía su fachada amarilla, dijo:

Aquí va a vivir Fermina Daza.

Poco se sabe si Gabo logró visitar la casa por dentro o se valió de su frondosa imaginación para describir minuciosamente su interior. Para ese entonces el lugar era propiedad de los Echeverría Olózaga, una de las familias millonarias de Colombia, que prácticamente no la habitaban; después fue comprada por otro millonario, un filipino, que tampoco la frecuentó. Qué bueno sería, pienso, que en semejante caserón de poco uso funcionara una biblioteca pública o un centro cultural.

El parquecito que está en frente, denominado Fernández de Madrid por el héroe de la independencia de Cartagena, es en la novela el parque de los Evangelios. Como la mayoría de los parques de la ciudad, este también es pequeñito. La Iglesia del Toribio que está en frente también es diminuta, y los rezos y lecturas de la misa pueden oírse sin problemas desde afuera, de ahí que Gabo haya renombrado al parque “de los Evangelios”. Allí, en uno de sus bancos, Florentino Ariza leía a veces y simulaba leer otras, a la sombra de los almendros —que describió Gabo entonces y aún están— esperando poder ver a su deseada que indefectiblemente saldría al paseo diario junto a su tía.

Cuatro veces al día, cuando pasaban por el parquecito de los Evangelios, ambas se apresuraban a buscar con una mirada instantánea al centinela escuálido, tímido, poquita cosa, casi siempre vestido de negro a pesar del calor, que fingía leer bajo los árboles. «Ahí está», decía la que lo descubría primero, reprimiendo la risa, antes de que él levantara la vista y viera a las dos mujeres rígidas, distantes de su vida, que atravesaban el parque sin mirarlo.

Aún por el centro nos queda reseñar la Calle de Estanco del Aguardiente, donde hoy funciona un colegio femenino de similares características al que debió acudir la adolescente Fermina; por el recorrido que une ese lugar con la casa de la muchacha se daba el intercambio furtivo de cartas de amor escondidas entre los rescoldos de los muros centenarios.

Las casas del prestigioso doctor Juvenal Urbino también son identificables en la actual geografía urbana. En el centro, la descripción de la residencia del médico coincide con la reconocida mansión del marqués de Valdehoyos, en la Calle de la Factoría. Mantiene su aspecto original restaurado; si bien hoy es usada por el gobierno, ir a verla (al menos por fuera) ayuda a recrear el tufillo aristócrata de los residentes en esta parte de Cartagena desde siempre.

La otra casa donde Juvenal pasó sus últimos años junto a Fermina se encuentra en las afueras de la ciudad, cruzando la barriada de Getsemaní, más allá del Fuerte de San Fernando, en el barrio Manga. Es allí donde el suceso del loro le costará la vida al doctor ya avejentado. La casa que describe Gabo puede ser más de una del sector residencial:

Era grande y fresca, de una sola planta, y con un pórtico de columnas dóricas en la terraza exterior, desde la cual se dominaba el estanque de miasmas y escombros de naufragios de la bahía. El piso estaba cubierto de baldosas ajedrezadas, blancas y negras, desde la puerta de entrada hasta la cocina, y esto se había atribuido más de una vez a la pasión dominante del doctor Urbino, sin recordar que era una debilidad común de los maestros de obra catalanes que construyeron a principios de este siglo aquel barrio de ricos recientes.

Si bien en toda la novela la mención a Cartagena es esquiva, confusa, tanto Manga como Getsemaní son referencias claras. Como si más allá del embeleso ficcional Gabo quisiera que nadie se equivoque, que supiéramos dónde estamos, que busquemos por acá.

Conventos de la Inquisición

Del amor y otros demonios (1994) es la única novela de ficción que sitúa explícitamente en esta ciudad. El prólogo, aún con pretensiones de verosimilitud, narra hechos que no sucedieron. Gabo describe una mañana en la que su editor en El Universal, el maestro Zabala, “se enteró por teléfono de que estaban vaciando las criptas funerarias del antiguo convento de Santa Clara, y me ordenó sin ilusiones: ´Date una vuelta a ver qué ocurre´”. A continuación, narra el descubrimiento de “unos huesecillos menudos y dispersos, y en la lápida de cantería carcomida por el salitre sólo era legible un nombre sin apellidos: Sierva María de Todos los Ángeles. Extendida en el suelo, la cabellera espléndida medía veintidós metros con once centímetros”. No solo el largo de la cabellera es parte de la licencia literaria. Ese hecho que nunca ocurrió le sirve a Gabo para explicitar el contexto: el diario para el que trabajó, el Convento de Santa Clara, y una historia que nos permitirá recorrer media ciudad siguiendo las huellas de la rabia y la inquisición.

Releo la escena que abre la novela: 

Un perro cenizo con un lucero en la frente irrumpió en los vericuetos del mercado el primer domingo de diciembre, revolcó mesas de fritangas, desbarató tenderetes de indios y toldos de lotería, y de paso mordió a cuatro personas que se le atravesaron en el camino.

El mercado de las fritangas del siglo XVIII es el actual Portal de los Dulces, situado bajo los arcos que conforman la galería que puede verse desde la misma Torre del Reloj hacia el interior de la ciudad colonial. El murmullo hoy es muy otro, aunque, en el contexto de la lectura, nos permite imaginar la novela en 3D.

En esa primera escena se menciona el puente levadizo que unía la vieja ciudad amurallada con el arrabal de Getsemaní; el puente ya no está, pero sí el Camellón de los Mártires donde en la novela están rematando un cargamento de esclavos de Guinea. Descendientes de aquellos africanos vendidos y comprados sin pudor pueblan hoy las calles de Cartagena, toda la geografía del Caribe y grandes regiones de Colombia. En una de las arcadas principales de la muralla, bajo la Torre del Reloj, una placa busca desagraviar a la población negra: “Desde el momento en que los primeros esclavizados negros fueron obligados a cruzar esta puerta, forjaron una memoria de rebeldía, resistencia y negociación, para reinventarse en los nuevos territorios. Es un compromiso de todo ciudadano luchar contra las prácticas del racismo, discriminación y exclusión”, propone el cartel.

El Convento donde se inicia la historia funcionó como Hospital de Caridad y templo de clausura para las hermanas clarisas; hoy Santa Clara es el nombre del hotel 5 estrellas en que convirtieron el lugar. La placita frente a la cual se encuentra el viejo edificio reciclado aún mantiene su prestancia colonial, reforzada por el más modesto convento de San Diego, de estilo neogótico, situado frente al hotel donde, en sus tiempos de virtual penitenciaría, Sierva María sufrió encierro.

Patio interior del convento donde fue recluida Sierva María, hoy reconvertido en lujoso hotel

 

Si bien la fachada del edificio cambió, por la calle lateral aún se identifica uno de los muros originales por donde logró escabullirse el cura exorcista Cayetano Delaura para entrar clandestino a ver a su amada prisionera: A Cayetano le fue fácil identificar desde la playa la ventana de Sierva María en el pabellón de la cárcel, por ser la única que ya no estaba condenada. Revisó el edificio palmo a palmo desde la calle buscando en vano una brecha mínima por donde escalarlo. (…) Un leproso que había sido sepulturero le reveló a Cayetano cuál era el que buscaba. Salía justo debajo del pabellón de la cárcel, y frente a un muro alto y áspero que parecía inaccesible. Sin embargo, Cayetano consiguió escalarlo al cabo de muchos intentos frustrados, como creía conseguirlo todo por el poder de la oración.

Cerca del convento estaba la casa de Sierva María, es decir, la del marqués de Casalduero, su padre… Es decir, la del marqués de Valdehoyos: aquí Gabo repite la descripción de la morada de la otra novela, la que le sirvió al doctor Juvenal Urbino de residencia en el centro de la ciudad.

La historia toda está atravesada por la atmósfera ominosa de la Inquisición. El médico que vio a la niña mordida por el perro con rabia era portugués, lo que de por sí ya era motivo para ser sospechado de judío. Él se asumía ateo, pero eso no le facilitó zafar de la irracional persecución católica: De acuerdo con los expedientes del Santo Oficio era un judío portugués expulsado de la península y amparado aquí por un gobernador agradecido, al que le curó una potra de dos libras con las aguas depurativas de Turbaco. Habló de sus recetas mágicas, de la soberbia con que vaticinaba la muerte, de su presumible pederastia, de sus lecturas libertinas, de su vida sin Dios. Sin embargo, el único cargo concreto que le habían hecho era el de resucitar a un sastrecillo remendón de Getsemaní.

El Tribunal de la Inquisición en Cartagena fue uno de los más activos de América. Fotos: Museo de la Inquisición.

 

Holandeses, portugueses, italianos, junto a mujeres acusadas de brujería, eran perseguidos por el Santo Oficio. Por lo general se trataba de habitantes de pocos recursos que vivían en la barriada popular de Getsemaní junto a esclavos que habían comprado su libertad, y los zambos, es decir, hijos de indios que nacían libres por derecho de vientre.

Ecos de la crueldad inquisitoria pueden percibirse aún hoy, visitando el mismísimo Palacio de la Inquisición, frente al Parque de Bolívar, donde el médico ateo de Sierva María padeció tramposos y peligrosos interrogatorios. Aunque el museo que se montó para recordar esta parte de la historia se muestra demasiado esterilizado y no da cuenta de las situaciones brutales como realmente sucedieron, la sola posibilidad de saberse bajo los mismos techos que presenciaron torturas al amparo de la cruz y los evangelios alcanza para reconocer otra de las desgracias que debió padecer esta deslumbrante ciudad: los gritos desgarrados y el pánico persecutorio que provocó la Inquisición.

El náufrago, el viejo general y el eterno coronel

El otro libro de Gabo donde las menciones a Cartagena son explícitas no tiene pretensiones de ficción. Relato de un náufrago (1970) recoge el testimonio del marinero al que Gabo convirtió en personaje de folletín en 14 entregas, publicadas originalmente durante 1955 en el diario El Espectador de Bogotá. La historia es conocida; valga agregar que fue en el Hospital de la Armada de Colombia, hacia el lado derecho de la Torre del Reloj mirando desde dentro de la muralla, donde Gabo dio con el sobreviviente y encontró la punta del ovillo para recrear una historia conocida en clave de suspenso e intriga. El Hospital de la Armada ya no está, pero ahí enfrente se encuentra el Museo Naval del Caribe, donde las historias de piratas y naufragios dan contexto a esa aventura.

Otro de sus últimos libros, El General en su laberinto (1989), tiene referencias a Cartagena menos abundantes, aunque también exactas, ya que se trata de una novela histórica.

Bolívar en su parque.

 

El Bolívar de sus últimos años, agotado, vencido, llega a la ciudad, atraviesa Getsemaní por la popular calle de la Media Luna y se encuentra con el mercado revuelto… por los ataques de un perro rabioso.

Cuando entraron por la puerta de la Media Luna, un ventarrón de gallinazos espantados se levantó del mercado al aire libre. Aún quedaban rastros de pánico por un perro con mal de rabia que había mordido en la mañana a varias personas de diversas edades, entre ellas a una blanca de Castilla que andaba merodeando por donde no debía.

Aunque las licencias temporales no escasean en las distintas novelas de Gabo aquí el guiño es preciso: Sierva María, que “andaba merodeando por donde no debía”, recibió uno de los mordiscos rabiosos que alteraron el mercado al que llegó el Libertador, durante aquel mismo día de su entrada poco triunfal. Los últimos años de Bolívar se corresponden con el primer cuarto del siglo XVIII, época coincidente con la ambientación de la historia que termina con exorcismos y muerte en el convento de Santa Clara.

¿Ya habíamos visto, al cerrar los ojos, al mercado y a la niña, al perro y el escándalo? ¿Habíamos imaginado vívidamente aquella escena? Pues bien, salgamos del empedrado, subamos a la diminuta acera de la calle de la Media Luna, abramos paso, porque si faltaba algo, ahí viene el mismísimo Simón Bolívar a sumarse al caos de esta ciudad colonial. El rompecabezas Gabo proyecta más vuelo fantástico del que cada novela por sí misma supo generar.

El viejo Libertador nos acerca una mirada de la Cartagena de la Inquisición, que medio siglo después será la del cólera, atravesada además por el lente escéptico de su decrepitud. Volvamos a cerrar los ojos esta vez para borrar a los turistas y las grandes tiendas, rebobinar dos siglos y ubicarnos, en medio de estas mismas fachadas sin restauración, en una ciudad atrapante aún en su decadencia: 

La muy noble y heroica ciudad de Cartagena de Indias, varias veces capital del virreinato y mil veces cantada como una de las más bellas del mundo, no era entonces ni la sombra de lo que fue. Había padecido nueve sitios militares, por tierra y por mar, y había sido saqueada varias veces por corsarios y generales. Sin embargo, nada la había arruinado como las luchas de independencia, y luego las guerras entre facciones. Las familias ricas de los tiempos del oro habían huido. Los antiguos esclavos habían quedado al garete en una libertad inútil, y los palacios de marqueses tomados por la pobrería soltaban en el muladar de las calles unas ratas tan grandes como gatos. (…) Era imposible conciliar la gloria con la hedentina de los albañales abiertos. El general suspiró al oído de Montilla: «¡Qué cara nos ha costado esta mierda de independencia!»

La sentencia final recuerda el diálogo de otros dos militares, uno de ellos tan célebre como el mismísimo Simón Bolívar.

“Ponte los zapatos y ayúdame a terminar con esta guerra de mierda”,

había respondido el coronel Aureliano Buendía a Gerineldo Márquez cuando decidió avanzar en una de las tantas negociaciones de paz frustradas de este dolido país. Verosímiles las de las novelas, increíbles las de la vida real.

En esta recreación histórica aparece otra de las recurrencias de la literatura cartagenera de Gabo: “Montilla reunió esa noche a lo más granado de la ciudad en su casa señorial de la calle de La Factoría, donde malvivió el marqués de Valdehoyos y prosperó su marquesa con el contrabando de harina y el tráfico de negros”.

¿Fue más cierta la morada del general venezolano Mariano Montilla en esa mansión señorial que la residencia, allí mismo, del doctor Juvenal Urbino y de Sierva María durante su niñez? Digamos a favor de Montilla que, además de aparecer en este relato, es mencionado también en diversos libros de historia: esta vez la mención sí es del todo real.

Trajimos a esta historia al coronel Aureliano Buendía porque, a gusto de Gabo, solía expresarse sobre las consecuencias de la guerra en forma similar al viejo don Simón. Pero, ¿hay algo más en Cartagena que nos introduzca en el mundo definido por la impredecible descendencia de Úrsula y José Arcadio?

El universo de Cien años de soledad (1967) abreva en historias, mitos y leyendas costeñas. Es versión aceptada por periodistas y gabólogos el hecho de que existió un tal coronel liberal de la Guerra de los Mil Días llamado José Manuel Buendía. Ya retirado, el hombre vivió en Tumaco, cerca de Cartagena. Cuando Jorge Eliécer Gaitán hizo una de sus manifestaciones de campaña en la Ciudad Amurallada, en 1947, el viejo Buendía se le presentó al caudillo liberal en el Camellón de los Mártires, en pleno acto, avanzando entre la multitud a lomo de mula y portando una bandera roja. A Gabo, que llegó a la ciudad un año después, le contaron que el propio Gaitán, aun sin conocer al exótico coronel de estirpe quijotesca y largos bigotes, lo alabó como si fuera un héroe. Solo a partir de la reivindicación que le hizo Gaitán su nombre empezó a ser mentado, y sus historias, reales o no —lo que en todos estos casos poco importa— fueron convirtiéndose en mito; como aquella herida mortal que dicen había recibido a orillas del río Magdalena que sin embargo no lo había matado, porque el viejo Buendía sería inmortal.

Finalmente, el hombre sí resultó mortal pero su leyenda no. La historia de José Manuel Buendía entrando victorioso sin victorias a Cartagena para encontrarse con el caudillo liberal Gaitán, quien aún sin conocerlo lo reivindica como héroe ante la multitud, empalmó en la memoria de Gabo con la de aquel otro coronel liberal, también de apellido Buendía, pero en ese caso de Aracataca, su pueblo natal: un tal Francisco, según le habría contado su abuelo Nicolás.

Pelotones de fusilamiento, de Cartagena a Macondo.

 

El playón —camellón— de los Mártires donde todo aquello sucedió rinde homenaje a los fusilados en la guerra de Independencia, masacrados allí mismo por orden del general español Pablo Morillo. El lugar, además de ser punto de encuentro, es un paso inevitable entre el centro amurallado y la histórica barriada popular de Getsemaní. El pelotón de fusilamiento frente al que se encontró el coronel Aureliano Buendía cuando había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo, de seguro tiene inspiración en estos hechos, inevitables para cualquiera que, como Gabo, haya frecuentado las historias del lugar.

Ya que mencionamos el hielo: a la vuelta del Camellón de los Mártires, modernamente imponente, se encuentra el Centro de Convenciones de Cartagena. (Una escena de realismo mágico merecedora de la misma credulidad que las historias de los Buendía sucedió allí hace no tanto: durante la firma de los acuerdos de Paz entre el gobierno y las FARC un avión de combate que nadie reconoció haber enviado pasó por el acto a baja altura recordando que, por más camisas blancas, apretones de manos y sonrisas, la guerra en Colombia seguiría sobrevolándolo todo).

No sabemos si hay hielo en el actual Centro de Convenciones, pero sí lo había en el Mercado de las Goletas que se encontraba en ese mismo lugar hace más de medio siglo. Aquel mercado, demolido en 1978, tenía una particularidad muy caribeña: era anfibio. Por un lado, daba al puerto; y por el otro, a la entrada del arrabal de Getsemaní. Entre la maraña de los más diversos puestos sabían andar gitanos con artefactos inverosímiles y carretilleros que transportaban bloques de agua congelada. Aunque el hielo no era un descubrimiento reciente, esos grandes bloques eran un enigma para quienes frecuentaban el mercado: ¿Cuánto tiempo durarían embarcados en las goletas, con destino a lugares remotos, antes de volverse nada bajo el intenso calor del Caribe? El hielo era producido por dos fábricas, Popa e Imperial; enormes piezas eran empacadas en cajones de madera y protegidos con aserrín. Si los mandaban en barco a altamar, ¿por qué no habrían de llegar, entonces, a Macondo? Si de algún lugar pudo haber salido ese invento maravilloso con destino a aquel pueblo perdido, debió haber sido de este mismo puerto que Gabo solía observar con fruición.

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Cartagena, la Ciudad Amurallada, La Heroica. La ciudad de los piratas, la venta de esclavos, los virreyes, los fusilamientos, el cólera y el arrabal. Podría decirse que también es la ciudad de Gabo, porque aquí vivió, descansan sus restos y dejó su legado más consciente: la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) que tiene su sede a pocos metros del viejo edificio de El Universal donde todo empezó. Sin embargo, para esta historia, lo más importante es lo que no se ve, lo que cuesta encontrar. Que sus libros puedan ser leídos en esta ciudad como mapas del tesoro nos permite prolongar el juego de su literatura, que se vuelve así fuente inagotable de aventuras, de historias sin final.

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* Publicado en La Columna Vertebral, Argentina. Pablo Solana es editor de Revista Lanzas y Letras y La Fogata Editorial – Colombia