Diario urgente de Venezuela

Por estos días llegará a las librerías de Colombia el nuevo libro del sociólogo, periodista y colaborador de Lanzas y LetrasMarco Teruggi. Presentamos el prólogo: una mirada desde este lado de una de las fronteras más calientes del continente.

Por La Fogata Editorial y Periferia*. Mientras iniciábamos el proceso de edición de este libro, dirigentes políticos con responsabilidad de Estado y capacidad de daño agitaban fantasmas de guerra entre Colombia y Venezuela.

El embajador colombiano en EE.UU., Francisco Santos, reafirmaba en el país del norte la opción bélica: “Se escuchan voces que hablan de operaciones militares unilaterales. Creemos que debe darse una respuesta colectiva a esta crisis. Pero creemos, y déjeme ser bastante claro, que todas las opciones deben ser consideradas”. El actual presidente de Colombia, Iván Duque, consultado a raíz de esos dichos por la inminencia de una intervención militar, declaró no tener un “espíritu belicista” pero coincidió en reclamar “una coordinación multilateral en el más alto nivel” para arrinconar “a esa dictadura”. Mientras tanto, el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, afirmó, nada menos que desde Cúcuta –donde se encuentra el principal paso fronterizo binacional y se concentra el mayor punto de tensión– que no se debe descartar ninguna opción contra Venezuela “incluyendo la intervención militar para derrocar al régimen de Nicolás Maduro”.

El relato aporta pinceladas de realidad que son un verdadero hallazgo, historias difíciles de encontrar aún en la prensa venezolana a la que le cuesta dar cuenta de las experiencias de base.

La tensión no es nueva, aunque eso no les quita gravedad a estas nuevas amenazas. Al menos dos factores dan verosimilitud al bravuconeo: en Colombia gobiernan, desde julio de 2018, quienes necesitan que la maquinaria de guerra no se detenga porque además de su ideología deben alimentar sus negocios; en Venezuela, la oposición parece haber entrado en una parálisis y disgregación al punto que las opciones para derrocar al gobierno de Maduro residen exclusivamente en el frente internacional.

Las páginas que siguen dan cuenta –entre otras tantas dimensiones del proceso chavista– de estas tensiones geopolíticas. De hecho, el autor, a sabiendas de la gravedad de la pirotecnia verbal que emanó estas semanas de parte del gobierno colombiano, amplió su diario para esta edición: los últimos textos abordan la cuestión con más precisión y capacidad de análisis de la que podamos volcar en estas breves líneas introductorias.

Foto: Vicent Chanza

Si bien los relatos recogen, centralmente, vivencias del pueblo comunero y análisis de la situación del país, la incidencia de Colombia en una y otra esfera es recurrente.

Teruggi recorre la relación bilateral en sus tres dimensiones fundamentales: 1, la geopolítica que pone a Colombia como mascarón de proa para una intervención militar que acabe con el gobierno venezolano; 2, la influencia político-paramilitar que la derecha colombiana ejerce sobre el sector más violento de la oposición venezolana; y 3, la más cotidiana vida de frontera, aunque no por ello más sencilla de ponderar.

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Las crónicas que reúne este diario muestran una Venezuela que en Colombia no se conoce. El relato aporta pinceladas de realidad que son un verdadero hallazgo, historias difíciles de encontrar aún en la prensa venezolana a la que le cuesta dar cuenta de las experiencias de base. Tal es el caso del consejo comunal Mata Gorda, una de esas “experiencias silvestres, formadas únicamente por las comunidades, sin apoyos” estatales. Pero no son solo esos relatos profundos los que se desconocen de este lado de la frontera. Debería resultar extraño afirmar que la realidad venezolana resulta ajena al pueblo colombiano, ya que se trata de países que comparten historia, identidad, y 2.200 kilómetros de frontera. Los medios de comunicación de este lado se han encargado de construir una mirada de antagonismo, tragedia y hostilidad. Teruggi, en cambio, da cuenta de la simbiosis entre ambos pueblos. El día 47 apunta: “Colombia no está del otro lado del río, Colombia ya está acá. En la música, los acentos, la economía, la población”. Las referencias cruzadas son recurrentes.

Su trabajo de cronista lo ha llevado por varios puntos de frontera. Recorrió las poblaciones sobre el río Arauca y cuenta lo que vio: “Las carnicerías en Guasdualito, zona ganadera, están vacías; la carne es traficada ilegalmente a Colombia”. Por esos días el cruce binacional estaba oficialmente cerrado. Pero, cuenta Marco, “en la frontera se ve lo que no entra en el mito”; cruzar cuesta 10 mil bolívares, todo allí tiene precio, casi todo es ilegal. En El Amparo, donde está el puente internacional que desemboca en Arauca, el periodista recoge más información que no encaja en ningún relato oficial. “En Apure hay hasta unas mil trochas –pasos ilegales– en tiempo de verano, cuando no llueve y los terrenos no están anegados”.

Del lado colombiano “el gobierno legalizó las casas de cambio para devaluar el bolívar, autorizó a las gasolineras a vender combustible contrabandeado, dejó las compuertas abiertas para la entrada de todas las mercancías ilegales”. Describe y analiza: “El eje fronterizo colombiano se transformó en un nudo central de la guerra contra Venezuela”.

El día 19 del diario transcurre entre Apure y Amazonas. Puerto Ayacucho, capital estadual, está situada a metros del río que une a ambos países. “Es el fin del invierno, los esteros están bajos, las vacas calmas, y los animales esperan que caiga la noche para salir. Caimanes, chigüires, lapas, cunaguaros, osos hormigueros, lo que no se ve. Siempre lo que no se ve: la guerra, la plusvalía, lo que está por venir”. La prosa de Teruggi escapa al registro frío del analista aséptico y fluye. Las metáforas y licencias poéticas no desentonan con la rigurosidad periodística, sino que la resaltan, le agregan colores y sabores que podemos intuir si nos dejamos llevar.

El recorrido por Táchira, otro estado fronterizo, le permite al cronista identificar “el centro de acciones paramilitares desde 2014”. Allí “está gran parte del acumulado, la infraestructura y la experiencia ensayada. Desde el inicio de este ciclo, allí se agudizaron las amenazas sobre la población, los comerciantes, los transportistas, los toques de queda, el cierre prolongado de acceso a zonas –como al Municipio Andrés Bello, durante dos semanas– y los ataques sobre cuarteles militares y policiales”. Las descripciones que siguen dan cuenta de esa trágica realidad.

El Cobre, también cerca de la frontera, se encuentra en la parte baja de Táchira. Allí la confrontación civil durante los días de elecciones se reproduce a escala vecinal y el relato se vuelve descarnado: “Los vecinos opositores salieron a la calle a impedir las elecciones, a perseguir a sus propios vecinos chavistas de toda la vida. Es un lugar muy pequeño donde todos se conocen. Fue como un carnaval violento: se trastocaron el espacio y el tiempo, lo prohibido fue posible, la violencia se apoderó de la gente y el pueblo se transformó en escenario de batalla. Los chavistas, como en los otros lugares, decidieron no confrontar. Protegieron los centros electorales hasta donde pudieron: fueron atacados catorce en el municipio. Luego todo volvió a una normalidad que ya no lo será. Todos se vieron las caras, de qué es capaz cada uno”.

Un nuevo día transcurre en viaje entre la Ciudad Comunal Campesina Socialista Simón Bolívar y Guasdualito. Sigue recorriendo la extensa zona de frontera: “Los paisajes son de inmensidad verde, selva, esteros, garzas, llano adentro. Bordeamos la frontera (…) que es un río, pasa un hombre a caballo que lleva un rebaño, una canoa pequeña a contracorriente. En el horizonte están las montañas de San Camilo. El tiempo es otro. Solo logro intuirlo. Estamos en el final del país. O en su principio”.

Foto: Marcelo Volpe

Sigue viaje a Cúcuta, de este lado. ¿Qué puede esperar el pueblo venezolano si la oposición se saliera con la suya? De nuevo Colombia como sombrío horizonte: “Visto desde la actualidad colombiana se puede pensar que se proyecta algo similar a lo que ahí ocurre, con un futuro engranaje de democracia formal y asesinatos sistemáticos de las fuerzas populares, como los 165 dirigentes sociales asesinados en los últimos 14 meses, sin halar de casos como el exterminio de la Unión Patriótica en los años ochenta y noventa”. El relato se nos vuelve dramáticamente familiar.

Tal vez en la zona franca que rodea indistintamente el territorio a uno y otro lado de las demarcaciones limítrofes sí haya una claridad mayor, pero, por fuera de eso, en Colombia prima la desinformación. Aunque decir “desinformación” es poco, insuficiente, inexacto. Lo que hay sobre Venezuela es una campaña de manipulación y acción psicológica obscena, inverosímil, pero que, sin embargo, logra sus efectos.

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Marco se asume militante, acompaña a comuneros y líderes sociales, prioriza recoger la voz de la gente sencilla del pueblo. Entiende que se está moviendo en medio de una guerra y asume un bando: el de la revolución bolivariana. Tal vez alguien se sorprenda, conociendo esta definición política, al toparse con registros críticos con el propio proceso que defiende. Las dificultades, que son reales, están descriptas con una transparencia que desconcierta, para bien. Algunas caracterizaciones, incluso, podrían ser interpretadas como escepticismo si fueran tomadas fuera de contexto.

Pero la mirada amplia, de conjunto, de la realidad que aborda en estas más de 200 páginas de crónicas y relatos, desmiente cualquier desánimo. Lo que opera en la prosa de Teruggi es, en cambio, un principio básico y sin embargo inusual: la honestidad. Todo el texto es riguroso, verosímil precisamente porque no idealiza ni esquiva el problema. Esa honestidad es, por un lado, intelectual: como periodista y escritor hace honor a las mejores tradiciones de su oficio (acompañan sus reflexiones Andrés Rivera y Rodolfo Walsh). Pero además se trata de una honestidad política: Marco cree que la mejor forma de defender al chavismo del que se siente parte es asumiendo las dificultades y no ocultándolas, reconociendo los errores y no generando un relato falaz para disimular la falla. (Las referencias en este caso remiten al comandante del pueblo Argimiro Gabaldón, a los testimonios comunales y al propio Chávez, aunque, otra virtud del texto: no hay sobreabundancia de adjetivaciones sobre la figura del líder, ni en sus relatos ni en los testimonios que elije resaltar).

A diferencia de lo que proponen los que sacan provecho de las guerras, ojalá que el destino del pueblo venezolano siga exclusivamente en sus manos: solo los pueblos soberanos pueden construir horizontes de igualdad y paz.

Si bien el contexto es de guerra (política, diplomática, económica y, sobre todo, ideológica y comunicacional) Teruggi está convencido –a juzgar por la capacidad crítica que desarrolla– que el fin no justifica cualquier medio: no hay lugar para el engaño, ni siquiera para el autoengaño piadoso que los escribas apologéticos de cualquier revolución suelen practicar.

La tergiversación que adoptan como método central del otro lado de la trinchera mediática (Colombia es un claro ejemplo de la puesta en práctica de la sentencia goebbeliana miente, miente que algo –o mucho– quedará) está negada en este diario. Por ese motivo, y por el período sumamente complejo del proceso venezolano que aborda este trabajo, difícilmente el lector o la lectora salga de estas páginas embebido de un fervor chavista pleno de mística revolucionaria: no parecen ser ya tiempos de festejos. Igual de cierto es que nadie saldrá indiferente tras recorrer estas páginas: Marco da voz y contornos a un pueblo que resiste, defiende lo suyo, busca cómo seguir adelante con su apuesta soberana… y se empecina en lograrlo. Eso, de por sí, conmueve, provoca solidaridad.

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Cualquier agresión a Venezuela por parte de un gobierno colombiano, ya sea con la excusa de una escaramuza limítrofe o fruto de una pretendida “coordinación multilateral humanitaria”, traerá resultados trágicos para ambos pueblos, a un lado y otro de la frontera. Para evitar ese desenlace infausto, contrarrestar la maquinaria belicista ideológica y mediática es una tarea fundamental.

“No seremos las cenizas que nos han preparado como destino”, concluye Marco cuando el diario va llegando a su fin. Esperamos que la edición de este libro aporte insumos a los y las lectoras, a periodistas y analistas políticos, para ajustar caracterizaciones y tomar real dimensión de que lo que molesta del proceso chavista, por lo que se lo ataca, es por sus virtudes y no por sus defectos. A diferencia de lo que proponen los que sacan provecho de las guerras, ojalá que el destino del pueblo venezolano siga exclusivamente en sus manos: solo los pueblos soberanos pueden construir horizontes de igualdad y paz.

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  • Marco Teruggi nació en París, Francia, en 1984. En 2013 se fue a vivir a Caracas, Venezuela, donde trabaja como cronista y periodista. En Colombia colabora con la revista Lanzas y Letras.

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