Mujeres filósofas: ¿un mito?

¿Qué significa ser mujer en la academia y en la filosofía en particular? ¿Qué se pretende cuando se busca representación? ¿Por qué importa hablar de acoso y abuso en la universidad? El Comité de Género del Instituto de Filosofía se pronuncia al respecto. 

Por: Comité de Género Instituto de Filosofía.  Propongamos un ejercicio sencillo: pregúntese a cualquier persona en la calle el nombre de tres filósofos, la respuesta será muy probablemente: “Aristóteles, Sócrates y Platón”. Seguidamente pregúntese el nombre de tres filósofas, el silencio será deprimente.

Ya cuando se anuncia el deseo de estudiar un pregrado en filosofía se desata el caos, pues hay una idea de que uno va pasar los próximos años debatiéndose por temas que a nadie le interesan y que no sirven, a fin de cuentas, para nada. Pero ahí no termina, el caos deviene verdadera avalancha si además se es mujer. Aún algunos preguntarán: “¿Por qué?” Existe siempre la vaga esperanza de estar adentrándose en un mundo libre de prejuicios y plenamente emancipado de categorías sexistas, misóginas u homofóbicas (sólo por mencionar algunas). No obstante, es inminente el encuentro con un espacio que se ha perpetuado históricamente como el perfecto invisibilizador de todo lo que él mismo ha decidido nombrar: “lo otro”.  

Desde cualquier dispositivo con acceso a internet pueden consultarse los pensum de algunas universidades que en su oferta tienen programas de filosofía. Basta revisar superficialmente esta información para empezar a comprender la estructura de estos planes de estudio donde se estudian: lenguas antiguas (que son importantes para la tradición filosófica), lenguas modernas (con la misma prioridad), teoría del conocimiento (aquel que se avala como tal, por supuesto), lógica e historia de la filosofía en general, aunque realmente muy en particular.

Si bien todos los programas comparten similitudes en lo que podríamos denominar un tronco común, cada facultad, departamento, escuela o instituto, según su carácter misional y ejerciendo la autonomía que le es propia, incorpora en sus planes de estudio diversos enfoques a través de una serie de cursos electivos que se renuevan cada semestre. En dichos cursos suelen estudiarse autores y problemas que ocupan el pensamiento filosófico desde la respuesta a la diversidad de corrientes de la filosofía y que integran otras áreas del conocimiento en la construcción de saber.

Ahora bien, ¿hay en dichos cursos representación de las mujeres en la tradición filosófica? Como se dijo anteriormente, los cursos y seminarios electivos tienden a cambiar y renovarse con cada oferta académica semestral, sin embargo en muchas facultades los cursos que tienen como objeto de estudio las teorías filosóficas de las mujeres tienden a brillar por su ausencia. Y no es que no existan mujeres filósofas, pues basta con revisar acuciosamente la historia de la filosofía para encontrar que aunque la representación femenina ha sido escasa en comparación con la cuota masculina, la primera ha existido desde la antigüedad hasta la contemporaneidad pasando por la edad media. Ejemplo de esto son Hipatia de Alejandría, Héloïse d’Argenteuil, Isabel de Bohemia, por mencionar solo algunas.

Los centros educativos que ofrecen programas de filosofía han comenzado a incorporar los discursos feministas desde hace apenas un par de años, y esta entrada de discursos se debe, en parte, a la llegada de profesoras y profesores preocupados por la representación curricular que tienen las mujeres en la filosofía. Es así que en el semestre 2017-2 el Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia ofertó una programa de conferencias abierto a estudiantes y al público en general llamado “Aula abierta: feminismo y emancipación”. A la entrada de este programa en el pensum se sumaron cursos como “Epistemología feminista”, “Simone de Beauvoir: El segundo sexo”, “Pedagogías feministas”, “Feminismo y Emancipación”, “Mujer, deseo y cultura”, entre otros que han diversificado poco a poco la hegemónica oferta académica. No obstante, aunque existan estos cursos y se empiece a abrir el espectro académico hay que recalcar que siguen, en cierta medida, obedeciendo a lógicas de poder, por lo que se tiende a excluir algunas discusiones importantes ya que no se les da oficialmente el estatus de filosofía, y esta situación parece devenir de la barrera que la estructura heteropatriarcal sigue imponiendo a la comunidad intelectual.

Aún con estos matices esta ola de cursos con enfoque de género no ha pasado desapercibida, basta revisar las matrículas para ver cómo se agotan rápidamente los cupos, y basta asistir para evidenciar el rigor filosófico y la interdisciplinariedad que componen las discusiones. Esto como muestra de que ni una supuesta falta de interés ni la “inexistencia” o “escasez” de mujeres filósofas son pretextos válidos para no ofertar cursos con enfoque de género.

Ahora, no se trata exclusivamente de representación, sino de quiénes y cómo nos representan. Como feministas, consideramos de suma importancia que la mujer sea partícipe de la vida pública. No obstante, la lucha feminista actual no está ni debería estar conforme con la representación femenina per se, ya que para lograr un cambio efectivo es necesario que quien represente a las mujeres tenga en consideración las teorías de género.

¡Tenemos una vicepresidenta! La buena nueva para aquellos que no han entendido que no importa si es un hombre o una mujer quien reproduce las lógicas del patriarcado, que no basta con tener a una mujer en un cargo importante, que no es suficiente para subsanar el menosprecio o la opresión que ha mantenido a la mujer invisible o en segundo plano dentro de dichos cargos y dentro de disciplinas como la filosofía. Si bien Marta Lucía Ramírez es la primera mujer en llegar a un cargo ejecutivo tan importante, no hay nada que celebrar, pues los valores y prácticas que reproduce no nos recogen a todas, sus luchas no atienden el sentir de feministas, comunidad LGTBI, mujeres con pensamientos disidentes, etc.

En Colombia existe la ley 581 del 2000 o la “ley de cuotas”, la cual por medio de una discriminación positiva busca compensar la discriminación a la que, históricamente, se han visto sometidas las mujeres. Esta ley promulga que, por lo menos el 30% de los cargos públicos deben ser ocupados por mujeres y algunas feministas reclaman un aumento al 50%. Pero no se trata de defender una igualdad abstracta, se trata de equilibrar la balanza y romper con el machismo subrepticio que ronda las disciplinas que han estado bajo la hegemonía masculina durante siglos. Si las mujeres no destacan en estas disciplinas no es por una falta de capacidad, pues muchas veces “[…] el problema no es de formación, de títulos ni de experiencia, es más de cultura, credibilidad y de generar las oportunidades equitativas” [1] No basta con cumplir con una cuota de mujeres tal y como un padre irresponsable cumple con la cuota alimentaria para sus hijos, se debe apuntar a la verdadera inclusión y no sólo la añadidura de las mujeres dentro de los espacios de los que ha sido relegada. Ello no implica que la ley de cuotas deba descartarse pues es necesaria en un primer momento para garantizar que las contrataciones no estén guiadas por prejuicios como que las mujeres tenemos menos capacidad intelectual o profesional, que somos más conflictivas, que todo el proceso de la maternidad (si es que decide ser madre) tendrá más costos para el empleador, etc. En las universidades públicas de Colombia no existe algo como la ley de cuotas, ¿cuál es el resultado de esta ausencia en los programas de filosofía, por ejemplo? pues que las mujeres no son contratadas o son minoría, como es el caso de la Universidad Nacional.

#SinMujeresNoHayFilosofía

El camino que ha trazado la Red Colombiana de Mujeres Filósofas sobre lo acontecido en la UNAL nos alienta a todas y todos a pensarnos el lugar que ocupan las mujeres, los y las homosexuales, los hombres de masculinidad no-hegemónica y toda forma de asumir la existencia que no entre en el sistema heteropatriarcal, en los espacios materiales y simbólicos donde surgen las reflexiones filosóficas.  

El estudio de la filosofía presupone una disposición en muchas almas jóvenes que emprenden este arduo transitar por el conocimiento: se les invita a adoptar prácticas, posturas, un lenguaje particular, que tiene claros tintes hegemónicos pero que se presentan como canónicos e incluso como vitales para poder leer a Kant o acercarse a las ideas de Platón. Por esto, como afirma Juliana Forigua “es imperativo cuestionar y desobedecer no solo a la élite política y económica, sino también a la élite intelectual”. [2]

Sin Mujeres No Hay Filosofía

Hoy nos unimos para decir: #SinMujeresNoHayFilosofía

Publicada por Comité de Género Instituto de Filosofía en Martes, 9 de octubre de 2018


Dentro de esta misma lógica Luciana Cadahia cuenta su experiencia en la Universidad Nacional en Bogotá:

“Incluso yo misma, siendo extranjera y no habiendo estudiado allí, pude experimentar algo parecido cuando, hace dos años, un profesor especialista en Hegel se enteró de mis conocimientos en la materia y tuvo el cordial gesto de “invitarme como alumna” a sus clases de “pregrado” sobre el libro de la Ciencia de la lógica —libro cuya traducción yo misma ayudé a revisar años atrás para la editorial Abada—”. [3]

En el Comité de Género del Instituto de Filosofía nos pronunciamos con un comunicado apoyando la denuncia sobre la situación del Departamento de Filosofía de la Unal.

En su columna sobre el tema, el ex director del Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia, Francisco Cortés, afirma que los reclamos de las filósofas han olvidado que el problema no sólo es histórico, sino estructural, es decir, que las universidades públicas están desfinanciadas, además de que no se ha ampliado la planta docente desde los orígenes de la nociva Ley 30 en la universidad. Por esto y dado que en las distintas universidades ha habido, por lo menos, alguna mujer, dice que no es preciso afirmar que tales plazas profesorales terminen siendo ocupadas por figuras masculinas.

Es cierto que este tipo de réplicas se deben llevar más allá de lo coyuntural, la posición ha sido clara: es necesario evidenciar cómo un conjunto de prácticas naturalizadas en el trasegar histórico de la sociedad, que se han materializado en la academia y, especialmente, en la institucionalidad de la filosofía han incidido de tal manera que incluso hoy, cuando se han dado por saldadas tantas discusiones, tengamos que argumentar y manifestar, a modo de denuncia, los enormes remanentes que persisten en una tradición evidentemente machista.

Dice además Cortés: “Proponer una política de cuotas basada en el género para nombrar un docente, es una excepción a la distribución igual. Considero que, aunque justa, hacen falta argumentos para fundamentar esta excepción”.  [4] Como lo dijimos antes no se trata de una política de cuotas que asegure una distribución abstracta de cargos en razón del género, de lo que se trata es de eliminar todos los impases materiales a los que se enfrentan las mujeres al momento de asumir cualquier cargo público. Esto implica un cambio radical en la estructura, es cierto, pero se puede empezar por atender con urgencia ciertas prácticas concretas que la institución académica ha querido pasar por alto, a saber, la revisión de los currículos y de sus proscripciones, el acoso y el abuso sexual en las instituciones educativas, la revisión de los procesos de selección e inclusión a grupos de investigación, semilleros, plazas de cátedra y ocasionales.

Así mismo, los argumentos solicitados por parte del profesor para que las feministas puedan realizar una reclamación real no son sólo una tautología de la realidad, sino también una responsabilidad que no es exclusiva de las feministas ni de las mujeres. Es la sociedad misma que en su proceso de reconstrucción debe resarcir y buscar formas de liberar a las mujeres de la eterna alteridad en la que han sido sumidas.

Tendedero de Experiencias

El Tendedero de Experiencias que surge desde el Comité de Género del Instituto de Filosofía intenta responder a las exigencias de compañeras y compañeros, profesoras y profesores que no soportan seguir hablando del acoso y el abuso como fenómenos que existen sólo como casos aislados. Es imprescindible que los asuntos de la violencia de género sobrepasen las conversaciones privadas y se pongan en el ámbito público.

Problemáticas como el acoso y el abuso tienden a ser naturalizadas en los espacios universitarios. Sin embargo, poner este tema en discusión no se muestra como un reclamo aleatorio del feminismo dentro de la academia, sino más bien como un llamado contundente a darle un tratamiento filosófico a un problema claramente estructural, una alerta que la filosofía no puede seguir ignorando u obviando.

En mi Alma Mater hay acoso, en mi Alma Mater hay abuso. Y los Departamentos, Institutos y Facultades de filosofía no están al margen de esta realidad. Tanto mujeres como hombres se ven afectados por este tipo de prácticas que cada vez se naturalizan más. Habitar las aulas del Instituto de Filosofía implica mucho más que habitar el recinto donde se conjuga el conocimiento, así lo evidencian los relatos que llegaron al formulario virtual del Tendedero: “cuando cursaba tercer semestre compartí dos cursos con un compañero más avanzado, el cual no paraba de mirarme todo el tiempo, cada vez que tenía oportunidad. Su mirada constante me incomodaba, tanto que otros compañeros se percataron de la situación y en cada clase se hacían delante de mí para que el sujeto este no alcanzara a verme”, relata una compañera de cuarto semestre. Los baños que debemos usar son la zona de cacería para muchos hombres, un estudiante de octavo semestre manifiesta:

“Constantemente me encuentro intimidado en los diferentes baños de la universidad por hombres que resultan no ser siquiera parte de la comunidad universitaria, sino personas externas a ésta, que la frecuentan para llevar a cabo prácticas de acechamiento y de acoso sexual a través de miradas, de acercamientos, de insinuaciones, de incitaciones a encuentros carnales.”

Estos casos no resultan estar aislados de la denuncia que aquí desarrollamos, pues para aquellos que no se adaptan adecuadamente a los preceptos hegemónicos también hay una clara censura desde la estructura del sistema sexo-género.

“En la universidad, y en cualquier sitio, ser mujer sigue siendo casi un acto de valentía diaria. Particularmente ahí, en el espacio académico, como mujeres constantemente nos enfrentamos a sucesos absurdos como el ser deslegitimadas en nuestros aportes (…), el tener que caminar con recelo según la hora y el lugar, y sobre todo, el tener que estar enfrentando microviolencias machistas que hemos naturalizado al punto de que exigir tumbarlas es motivo de señalamiento”.

Referencias

[1] Correa, M. E. (2005). La feminización de la educación superior y las implicaciones en el  mercado laboral y los centros de decisión política.

[2] Forigua, Juliana. (2018). Lo que callamos las filósofas: machismo y discriminación en la academia colombiana de Filosofía. Parte de: http://www.revistahekatombe.com.co/index.php/450-lo-que-callamos-las-filosofas-machismo-y-discriminacion-en-la-academia-colombiana-de-filosofia.

[3] Cadahia, Luciana. (2018). #SinMujeresNoHayFilosofía. Parte de: https://www.vice.com/es_mx/article/vbnzyx/sin-mujeres-no-hay-filosofia-departamento-universidad-nacional-colombia-machismo?utm_source=vicefbcol.

[4] Cortés, Francisco. (2018). Exclusión y silenciamiento de la mujer en la u. Parte de: http://www.elcolombiano.com/opinion/columnistas/exclusion-y-silenciamiento-de-la-mujer-en-la-u-CA9460477.