De memorias en sequía a territorios de siembra: sobre el proceso de “territorio de siembra de sueños, saberes y esperanzas” y sus trabajos en memoria.

¿Qué es hacer memoria en medio de la guerra? ¿Acaso solo puede ser la narración de un sinnúmero de tragedias? En su afán de comprender esto, Lanzas y Letras visitó al Movimiento de Presos Políticos Camilo Torres Restrepo en la Cárcel Bellavista de Medellín.

Equipo Lanzas y Letras Medellín.
 Los hitos que recordamos casi por inercia sobre lo que ha sido el conflicto en Colombia son el resultado de un proceso de construcción de hechos y discursos que sostienen un marco social determinado. Las masacres de la guerrilla —siempre en abstracto—, de los paramilitares y militares han desfilado por el salón de nuestra memoria logrando que los sonidos de las ametralladoras nos hielen la sangre y las voces de las víctimas nos generen una reticencia a volver la mirada a ese pasado. Sin embargo, ante semejantes ruinas de la historia es necesario repensar, sin buscar negar el cruento devenir, si eso es todo lo que ha de ser contado del conflicto, o si en ello se resume la memoria, el ejercicio introspectivo de un pueblo.

En Colombia el proceso de construcción colectiva de memoria del conflicto armado, pese a los grandes esfuerzos de diferentes actores sociales, ha sido y sigue siendo estratégicamente incompleto. En primer lugar, su carencia de voces, al privilegiar sectores y actores como voceros de lo cierto, falta al ideal de un proyecto de integralidad en la memoria que edifique verdad; y, en segundo lugar, su insistencia en la memoria traumática como única forma de no repetición, cercena posibilidades de transformación de la misma realidad.

No obstante, como en toda guerra que parece perdida y ante una memoria en sequía con sed de voz y de verdad, siempre existen nuevas siembras; siembras que impulsan la idea de poder construir una memoria certera que dé lugar a la transformación. Procesos como el del Territorio de siembra de sueños, saberes y esperanzas, integrado por el Movimiento de Presos Políticos Camilo Torres Restrepo (M.P.P.C.T.R)[1] son ejemplo de ello.

Elaboración propia.

La Siembra: El territorio de siembra como trinchera de la memoria.

El Territorio de siembra de sueños, saberes y esperanzas en el que conviven miembros del M.P.P.C.T.R nació en el último período del gobierno de Uribe Vélez (2006 – 2010) con el fin de facilitar el diálogo del ejecutivo con la guerrilla del ELN, y desde su nacimiento ha promulgado, desde la más opresora de las instituciones capitalistas, hacer de la memoria histórica nacional un lugar más integral y dotado de verdad sobre lo que ha sido el conflicto social y armado en el país.

Uno de sus pilares de trabajo está enfocado en el reconocimiento y la dignificación de la figura de preso político, y para esta tarea consideran la importancia de visibilizar su historia desde una narración propia, haciendo del relato con el que construyen sus memorias una herramienta de protección ante quienes presentan la historia deformada al servicio de intereses particulares. Por esto, el énfasis en dignificar su estatuto de presos políticos se inscribe a la necesidad de desdibujar de un imaginario colectivo estratégicamente constituido, la imagen neutralizada y envilecida de la insurgencia.

Han transformado por completo el lugar donde habitan, y han hecho de esta “Zona Técnica” donde dicen los guardias que se encuentran, un museo de realidades y un espacio esperanzador de responsabilidades. El trabajo colectivo y la búsqueda de vida organizada y orgánica son algunos de los principios con los que se describe este proyecto de acción y reflexión permanente.
El Territorio de siembra es un sitio de “esperanza en la desesperanza”, como está escrito en uno de los murales que da vida al patio y que hace parte del trabajo colaborativo con distintas organizaciones sociales y procesos populares. De esta manera, en diálogo continuo con la sociedad civil, el colectivo propone un tejido de memoria de mano de las víctimas, pero sobre todo de mano de la verdad. Teniendo en cuenta no sólo su estatuto de presos políticos, sino de guerreros y de ciudadanos también involucrados en el conflicto social y comprometidos con la construcción de paz.

Elaboración propia.

La cosecha: Comentarios sobre una memoria maltrecha.

Atendiendo entonces a la memoria como una ventana de oportunidad hacia la verdad del conflicto social y armado en Colombia, vale la pena detenerse y analizar lo que ésta comprende. Pues no puede ser entendida como una mera remembranza de lo sucedido, sino que en ella se ponen en juego distintas concepciones axiológicas y políticas de la vida en sociedad.

Así pues, si nos concentramos en el término memoria histórica, los recuerdos se hacen nimios ante lo que configura el pensamiento introspectivo de una población, ya que los significados se engrosan y las voces se multiplican. Si bien es cierto que como seres humanos experimentamos, descartamos y elegimos ciertos hechos, que en retrospectiva nos hacen quienes somos, y a eso lo llamamos ‘memoria’; si ampliamos ésta a una dimensión social comprendemos no sólo la labor de recrear la vida de un colectivo, sino que además contextualizamos, significamos y proyectamos el destino de una comunidad.

No obstante, en este proceso nos vemos irremediablemente limitados por una memoria individual y selectiva. La selectividad en este caso es una toma de posición política —que no por ello deja de estar en relación con la verdad integral— pues pondera valores que producen y reproducen ciertos tipos de acciones en la dinámica social. Para el caso de Colombia este llega a ser un problema amplio, ya que alrededor de la memoria, en un ejercicio dialéctico, también se produce un olvido estratégico que deshumaniza y disgrega: “La sociedad colombiana no tiene memoria, o la memoria que tiene no le ha bastado para darse cuenta de la injusticia social que se reproduce por todo el país”.

¿Cuál es entonces la memoria necesaria? Para quienes han sido parte de ese conflicto directo que se narra, el relato de la historia colombiana aún cuenta con vacíos que invisibilizan lo que por años ha sucedido. Esta omisión, desemboca en una especie de olvido común que representa un conflicto únicamente armado y que aboga por un cese de la violencia armada más allá de un fin de las condiciones que generaron la misma.

Elaboración propia.
Elaboración propia.

Los frutos: La resignificación de la Paz y el panorama futuro.

Es así como en medio de unos diálogos que parecen presentar resistencia a un pronto desenlace, el ELN tiene claras sus prioridades. “El orden de la agenda es intencional”, si la participación social encabeza la lista de puntos a discutir es porque es allí donde converge lo fundamental. Para ellos, además, la coherencia es indispensable. Deben corresponderse “pensar, hacer, decir”, y es en esta misma lógica que se exige la implementación inmediata de lo acordado en la Mesa.

Elaboración propia.

“El conflicto armado no puede invisibilizar el conflicto social”. Está claro que la paz no se clausura con el silenciamiento de los fusiles, la demanda más importante es la que clama por justicia social y vida digna, y esto tiene que repercutir necesariamente en la exigencia al Estado para no auspiciar la violencia paramilitar y para garantizar un derecho a la oposición y a la rebelión sin ningún tipo de traba jurídica o vital.

El M.P.P.C.T.R. trabaja así por la construcción de memoria y paz desde unas limitaciones materiales que se hacen ineficaces gracias al compromiso político y colectivo de sus integrantes. Se parte de la resignificación (a través de la memoria) del insurgente armado como uno de los sujetos de la guerra, y de sus luchas y particularidades para defender la necesidad y la posibilidad de un ejercicio político sin violencia ni represión.

Elaboración propia.

Para el ELN la memoria en Colombia es mucho más que el número de hechos violentos que han sucedido en el país —sin que esto deje de ser importante—. Lo mismo que la guerrilla es más que un sector del pueblo alzado en armas: “La guerrilla me dio más que un fusil”. De este modo, la narración propia se hace importante pues logra ir construyendo, a la par que otras voces, un hilo histórico mucho más rico, y quizá complejo, que desmonta imaginarios ya instaurados y enseña las formas mediante las cuales se superan las condiciones conflictivas. Este compromiso con la verdad es el que la memoria debería considerar como el principal elemento de su edificación. “La memoria no es nada si no está de mano de la verdad”, y no sólo en los términos políticos que ello implica, sino también en esa visión reparadora que busca la no repetición de los hechos.

De hecho, la memoria traumática es un reflejo de esa falta de complejidad en la verdad. Los elementos y actores de la historia dejan atrás el maniqueísmo y son dinámicos sólo si se comprende que la guerra no ha sido únicamente un combate eternizado y miles de armas alzadas. Al contrario, la guerra también ha dejado lecciones a sus actores que de no ser por ella no existiría.

“En la guerra, más exactamente en la guerrilla, yo aprendí a amar, conocí a mi compañera, conformé mi familia, y entendí que otro tipo de sociedad si era posible”.

Así que la memoria que se construye de manera traumatizante además de que pierde verdad y olvida voces, también es un obstáculo frente a la construcción de nuevas transformaciones. ¿Qué podemos aprender si todo intento de cambio es narrado como un asustador camino hacia la muerte? ¿Cómo lograr el encuentro en la memoria si lo que prima es el miedo?

Elaboración propia.

[1] Colectivo de presos políticos de integrantes del ELN que se encuentran recluidos en la cárcel Bellavista, Medellín, Antioquia. Los habitantes del Territorio de siembras hablan de un aproximado de 700 presos políticos del ELN en 42 cárceles del país, con un promedio de 35 a 40 mujeres presas, éstas con mayor dificultad para la vida colectiva pues por su ubicación permanecen considerablemente aisladas entre ellas.