Historias vivas: “Tierra fértil”

De la violencia en Colombia pueden contarse infinidad de historias. En esta ocasión Pacho Moncayo* nos cuenta la de Tulia: un llamado a la valentía, la resistencia y la constancia para construir un futuro de justicia y paz.

 Tierra fértil**

Tulia es una mujer de 73 años, oriunda del departamento del Tolima, nacida en el municipio de Chaparral e hija de una familia de campesinos colonos que llegaron a ese territorio en busca de tierra, comida y seguridad.

Su vida estuvo determinada en buena parte, desde su niñez y para el resto de su vida, por las olas de violencia que agitaron el campo colombiano. Como una característica endémica de un sector pobre y campesino de la época en la que nació y creció, ella y sus cinco hermanos, tras la muerte de sus padres, debieron dejar su tierra natal, para comenzar a desplazarse.

Tulia recuerda cuando a su papá se lo quisieron llevar los godos para amedrentarlo, con el fin de que abandonara la finca que por varios años le había arrebatado al monte a punta de trabajo. Era una tarde un poco nublada en esa parte de la montaña. Se aproximaba el fin del día, cuando la noche y el cielo empiezan a juntarse con la montaña. Frente a un grupo de hombres que no llevaban buenas intenciones, su padre no se resistió, ya que con armas y cuchillos en las manos amenazaban con matar a los niños. Sin embargo, su madre no soportó la idea de dejar que se lo llevaran, así que se enfrentó a aquellos tipos, quienes, para ahorrar inconvenientes, les dieron muerte en ese instante a ambos, con la advertencia para los niños de que esa tierra ya tenía otro dueño y que fueran pensando para dónde irse antes de que volvieran.

Por varios años, Tulia y sus cinco hermanos se convirtieron en migrantes de las haciendas cafeteras. Llevaban siempre consigo la misión de estar unidos para cuidarse mutuamente y ahorrar el dinero que les permitiera comprar un pedazo de tierra en las faldas de alguna hacienda de la región y asentarse, como los campesinos que algún día fueron.

Sin embargo, pasaron los años y la posibilidad de conseguir la tierra se hizo cada vez más lejana. Lo que ahorraban no les daba casi ni para comer y los hermanos fueron tomando un rumbo distinto.

Con el paso del tiempo, se fue quedando cada vez más sola. Tres de sus hermanos se fueron para el monte, no a cultivar, sino a buscarse la vida con lo que en ese tiempo llamaban “la chusma” o “los collajeros”. Así, dejaron de tener contacto y Tulia ya no pudo saber si estaban vivos o muertos. Otro se consiguió una compañera y se fue rumbo a la ciudad, enamorado e ilusionado por darle otro horizonte a sus aspiraciones; de él no volvió a saber nunca más.

Estando sola con su hermano menor, sin estudios, sin dinero, sin hogar, casi sin familia, ella consiguió un trabajo como lavandera en una finca cafetera, mientras que él trabajaba como peón allí mismo. En esa época, el muchacho había conseguido una novia y compartían un buen trato, viviendo día a día en espera de mejores oportunidades.

En aquella época, en donde vivían había un cura que trabajaba para el gobierno y se escuchó que estaba promoviendo la titulación de tierras para campesinos pobres. Tulia, su hermano y su novia acudieron al llamado sin vacilar. Era un día sábado de abril y había varios políticos en la vereda que lo acompañaban. El cura celebró la misa en la mañana y en la tarde, después del almuerzo, asumió la vocería, no solamente del grupo con quienes había viajado, sino la de todos los que atendieron la convocatoria. Ahí, pronunció unas palabras que invitaron a recibir los títulos y aseguró que eso le pertenecía a los campesinos y que habría que seguir expropiándoles la tierra a los gamonales de la región.

Tulia no entendía muy bien por qué el cura hablaba de ese modo, más aun cuando estaba acompañado de políticos de la región, pero valoró esas palabras más que la escritura que les entregaron ese día. En menos de dos meses, lo mataron cuando cerraba la capilla en la ciudad. Dice ella que quizás por su actitud y su discurso, o por alguna razón parecida.

Al enterarse de la noticia, Tulia se inquietó. Pensó que si había gente capaz de matar a un sacerdote, a ella también la podían matar. Pero al que mataron fue a su hermano cuando estaba en una reunión con campesinos del sector a quienes había convocado para organizar la junta de acción comunal, definir unas tareas y solucionar algunos líos propios de la vida en comunidad.

Al quedar sola, sin familia ni parientes, Tulia entró en un sufrimiento eterno en su pensamiento y su corazón recordando cómo había ido quedando sola y como le había tocado huir durante casi toda su vida. En un instante, entre reflexión, pánico, excitación y a la vez impotencia, pensó en seguir el camino de sus tres hermanos, pues no tenía nada que perder; pero inmediatamente después, también pensó que por esa misma razón, debía resistir y dejar de estar huyendo.

Llamó a todos los campesinos del territorio y les manifestó la necesidad de defender sus territorios de las personas que querían sacarlos de allí, es decir, de los gamonales de la región, quienes contaban con el apoyo de las autoridades políticas y armadas, tanto legales como ilegales. Además, les expresó que su único medio de defensa era la organización entre ellos y la organización con campesinos de otras veredas de la región.

Sin entrar en plena conciencia, Tulia se había convertido en una lideresa respetada y referenciada en la región, con la capacidad para ayudar a los otros y no solamente en las cosas básicas, sino ante autoridades, a las que lograba arrancar algunos beneficios de mejoras a las familias y al territorio.

Ella solía recordar a su familia y la forma en la que se la arrebataron. Pese a ello, podía reconocer la capacidad que había adquirido para sentir las necesidades del otro como propias, para gestionar las soluciones a problemáticas comunes, para sobrevivir sola y hasta para dialogar con quienes en antaño incidieron en sus tragedias.

Con los años, su comunidad se fortaleció, a pesar de que tuvo que presenciar la muerte de varias personas, tanto en casos aislados, como en forma de asesinatos selectivos. Todos se atribuían a unos grupos del lugar que contaban con la connivencia del alcalde y hasta la del comandante de la estación de policía.

Para Tulia, ese pudo ser el infierno, de no ser por el arribo a la región de los entonces llamados “ejércitos del pueblo”. Para su sorpresa, llegaron un día a su comunidad persiguiendo al grupo armado que durante varios años les había infundido miedo y mantenido bajo control.

Mayor fue la sorpresa de Tulia cuando se dirigió al jefe de ese “ejército”, a la persona a cargo, para solicitarle que por favor se fueran porque en esa comunidad no querían tener más problemas con otra agrupación que llegara a imponer y a controlar. Ella se quedó pálida y tiesa, como lista para que la metieran en un ataúd; al percibir su semblante, el comandante la sacudió y le dijo que debía tener un poco más de respeto por el ejército del pueblo.

Esa pareció ser una escena increíble, pero Tulia había reconocido en aquel comandante a su hermano mayor, y como él no advirtió la situación inmediatamente, Tulia aprovechó la oportunidad y casi sin poder hablar le dijo:

— Mire señor: no sé cómo lo hayan criado a usted, pero a mí me enseñó mi difunta madre que uno no puede llegar a casa o tierra ajena a irrespetar a los que la habitan. Haga el favor y se devuelve por donde vino, más aún cuando llega a la casa de un pariente.

En ese momento, su hermano Diógenes la reconoció y la abrazó llorando y sin más palabras que las de “perdón”. Compartieron toda una noche de agua de panela, café y tabaco y él le manifestó a Tulia que, a pesar del tiempo y de lo difícil de sus vidas, él la quería mucho. Además, le dijo la razón de su llegada a esa vereda: le contó que no llevaba mucho tiempo allí y que lo habían enviado a posicionar sus tropas debido a que ese territorio era muy importante para la movilidad hacia otras áreas del país y era relevante para sus enemigos, es decir, el gobierno, que desde hacía varios años estaba interesado en controlar ese territorio para emprender un proyecto minero-energético.

Tulia se sorprendió con el relato de su hermano, pero tenía presentes sus objetivos, tanto individuales como colectivos, por lo que, a su juicio, su hermano debía marcharse, por lo menos de los lugares habitados por campesinos, para evitar que fueran señalados, así como para que se respetara la idea de una comunidad que no comulga con la vía armada como solución a las diferencias.

Ella le explicó a Diógenes que el propósito de la comunidad era conservar sus tierras y trabajarlas, oponiéndose a cualquier proyecto que atentara contra sus objetivos y logró que el comandante entendiera sus razones y advirtiera los intereses compartidos. De ese modo, se convenció de que no existía razón para interferir en la vida ni en el territorio, ya apropiado por los campesinos y sus familias.

Llegaron a acuerdos pequeños y de mutuo beneficio, como que los miembros del “ejército del pueblo” enseñaran a leer y a escribir a los campesinos y, a cambio, ellos les cedían alguna res u otros alimentos. Gracias a este pacto, Tulia aprendió muy fácilmente y adquirió conocimientos en temas más especializados, en parte con la ayuda de una biblioteca que gestionó con el cura del pueblo.

De esta manera, la comunidad en la que habitaba Tulia logró sortear estos inconvenientes y promover la estabilidad, sin que los actores armados les increparan ni les volvieran a violentar.

Tulia, por su parte, se enamoró de un campesino y organizó su vida con él. Ambos  compartían las secuelas de la violencia, la desintegración de sus familias, un pasado de trabajo arduo y el desarraigo característico de buena parte del campesinado colombiano. Tras la convivencia por varios años, ella fue dejando un poco las labores comunitarias para dedicarse a la familia que formó con Iván, su marido, y Lucia, su hija, quien desde niña demostró ser juiciosa y disfrutaba asistir la escuela en las mañanas, donde su madre era la maestra; en las tardes, la niña le ayudaba a su papá atendiendo una tienda que había montado en la casa.

Para esa época, Diógenes ya estaba más entrado en años y su agrupación lo transfirió, pues ya no era muy funcional. Lo reemplazó una mujer madura que, si bien no era hostil a la comunidad, no era muy sociable, al menos, en comparación con Diógenes. Con el tiempo, el “ejército del pueblo” se fue replegando, se dedicó a otras actividades relacionadas con conseguir dinero y armas y dejó cada vez más distante a la comunidad.

Creyendo haber superado tantos sufrimientos y logrado una estabilidad un tanto cómoda para ella y su familia como campesinos, sucedió lo menos esperado. Una mañana de domingo, después de que el cura celebró la misa mensual acostumbrada en las partes rurales del municipio, se distinguieron tres hileras de hombres que desde lo lejos se acercaban. En un principio, no se sabía quiénes eran; luego parecieron ser los miembros del “ejército del pueblo”, que por algunos meses habían dejado de visitarlos; al final, cada vez más próximos, se pudo percibir con claridad a cerca de 100 hombres por hilera, que arribaban en distintas direcciones y todos armados.

Se detuvieron a una distancia de unos 20 metros del caserío. Primero, se aproximó un joven de menos de 16 años, quien preguntó por el “ejército del pueblo”. Lo hizo varias veces pero nadie dijo nada. Entonces, el muchacho sacó un radio y se comunicó con otra persona a quien le dijo:

—  Aquí como que nos tocará trabajar.

Guardó su radio y se dirigió a una de las casas. Sacó una silla, se la pasó al hombre que estaba al mando del grupo y se fue.

Lo que se sucedió ahí fue una de las masacres más atroces para la sociedad colombiana. Tulia perdió una mano, perdió a su marido y tuvo que enterrar a su hija. Algo parecido les sucedió a las otras familias. Solo quedó una mínima parte de la comunidad con vida. También mataron al cura.

Fueron muchos los medios de comunicación y muchas las personas y organizaciones que visitaron el caserío en el que hasta entonces vivían Tulia, Iván, Lucia y 55 familias más. Todos hablaban de los muertos, de las víctimas, de las ayudas, del Estado, del ejército, del “ejército del pueblo”, pero eso fue lo único que pasó y se quedó en la memoria de los supervivientes como algo de lo que se hablaba sin que se materializara ninguna acción relevante de respuesta.

Poco a poco, se fueron todos los que habían llegado, pero no la tristeza. Y fue eterna la ausencia de la justicia. Tulia enterró y lloró a sus muertos, no dijo nada y se sentó al pie de lo que quedaba de una hoguera que consumó la muerte de lo que fue una pequeña tienda en la que Iván y Lucía habían invertido muchos sueños y tiempo. Casi sin lágrimas y sin pensamientos claros, Tulia recordó la violencia de niña, de adolescente, de adulta, y transformó el odio y el dolor en una especie de tristeza superadora… Pensó que a pesar de lo que le había sucedido, seguía con vida y haría todo lo que estuviera a su alcance para que nadie se la arrebatara.

En este proceso de desahogo y recuperación, que no fue corto, ni fácil, Tulia recordó las clases que le daban los hombres y mujeres del “ejército del pueblo”, entre ellos su hermano (quien según le dijeron, ya había muerto). Se acordó de las enseñanzas, pero sobre todo, de que en algún momento ella no sabía leer ni escribir pero logró aprender muchísimo para poder enseñar y que otras personas también lo hicieran. Esa fue una motivación para retomar su labor de maestra y también su capacidad de gestionar para la comunidad.

Ella escogió ser fuerte para ayudar a las otras familias en el camino que deberían andar para superar las pérdidas y no dejar morir lo poco que les quedó de vida. Pasó el tiempo y Tulia, con más de 65 años, nunca abandonó a su gente, su enseñanza y su nueva familia.

Pudo ayudarse y ayudar a su comunidad haciendo que de verdad existieran garantías para su supervivencia. Consiguió que el Estado reconociera su responsabilidad en la masacre y que se judicializara a algunos de los responsables. Fue un ejemplo de más que superación, de resistencia.

El foco de la apuesta de Tulia y de las personas que poco a poco se fueron cohesionando en el dinamismo de su decisión, tuvo un foco principal: reconocerse como una comunidad perteneciente a un territorio de un país al con el que no tenían ninguna otra obligación que la de no agredir a sus vecinos y respetar su integridad; se enfocaron en el rechazo a los actores armados y al uso de la violencia como mecanismo de solución de diferencias.

Con la gestión de varios líderes sobrevivientes, lograron el reconocimiento de organizaciones defensoras de derechos humanos en los ámbitos nacional e internacional. Estas les ayudaron a ser visibles y les facilitaron medios para reconstruir materialmente sus hogares y mejorar de cierta manera las condiciones de vida.

El camino que inició Tulia partió de sus vivencias y del trabajo con otras personas que habían pasado por circunstancias parecidas, para que no se consumieran en el sufrimiento y pudieran darle más sentido a la vida. Ella estaba convencida de que era posible construir comunidad, desde componentes esenciales como la memoria, el reconocimiento del contexto, las dinámicas de transformación alcanzadas, para impedir que se vuelvan a suceder actos violentos. La alfabetización fue fundamental, especialmente porque dirigió a la realidad cotidiana y particular de las personas y sus familias y a contextualizar los aprendizajes para ponerlos en función de las necesidades propias. El propósito: que las personas potencializaran actitudes y capacidades de manera diversa.

La comunidad decidió refundar su caserío y lo bautizaron con el nombre de Tierra Fértil, por la convicción de que siempre tendrían frutos y logros en la comunidad, en la medida en que le apostaran a sembrar buenas semillas, regarlas, cuidarlas y saberlas sostener.

La comunidad recibió apoyo económico hasta que los proyectos productivos alcanzaron un nivel de autosostenimiento. Así pudieron constituir una cooperativa de distribución y una serie de redes de cooperación y trabajo solidario. Los excedentes de su producción los comercializaban con una marca propia y eso les garantizaba ciertos ingresos para abastecerse de los productos y servicios que les hacían falta.

Construyeron una edificación para que sirviera como centro educativo y de encuentro comunitario, porque con el paso del tiempo llegaron más familias provenientes de diversas regiones, también huyendo de la violencia y con la necesidad de conseguir una oportunidad de mejores garantías, un espacio en el que puedan recibir y aportar, lo que se convirtió en un criterio fundamental para mantenerse ahí.

A pesar de que en un principio la comunidad Tierra Fértil estaba compuesta por víctimas de grupos armados como el que ejecutó la masacre, progresivamente fueron llegando víctimas de otros actores, entre ellos, del “ejército del pueblo”, lo que no fue fácil de manejar de entrada; sin embargo, gracias al tipo de trabajo de reconstrucción social elaborado en la comunidad, se construyeron y generaron nuevas dinámicas de relacionamiento.

Si bien se ve, fue sólo gracias al aporte de toda la comunidad que se creó la manera de convivir y revivir. Un eje articulador y cohesionador fue identificar intereses compartidos, como superar una situación dolorosa y hasta traumática, para mantener y potenciar la vida.

También es muy importante decir que existe una realidad social que no está lista para garantizar los derechos de muchísima gente que está expuesta, igual que lo estuvo la de Tulia. Por la conciencia de esta situación, allí no se declararon apolíticos, ni neutrales, pues entendieron que existe un sistema que no es neutral, frente al que debían enfrentarse diariamente para subsistir.

Se recalca el “enfrentarse”, en el sentido de asumir una lectura crítica de la realidad y comprender que la negligencia del Estado en materia de garantizar los derechos fundamentales no es inocente. Su actitud siempre favorece intereses particulares ajenos a la comunidad.

La experiencia de esta población en su relacionamiento con el “ejército del pueblo”, les dejó algo muy claro: para los actores armados no es muy relevante el efecto negativo de sus enfrentamientos sobre las comunidades, pues no van a abandonar sus objetivos tan fácilmente como una persona de su comunidad lo puede llegar a hacer.

La comunidad Tierra Fértil es un referente para otras que tengan o hayan tenido situaciones similares, por su capacidad de construir valores propios para su situación, que les posibilitó llegar a un momento distinto cargado de los ideales de recuperación. Son varios los aspectos por resaltar de este proceso.

Tulia pudo transitar desde su individualidad golpeada por la violencia, hacia la construcción de un liderazgo colectivo en función de construir comunidad. Además, la comunidad no abandonó su territorio después de la masacre, lo que, lejos de ser un acto revictimizante, se convirtió en un mensaje de fuerza. En cierto modo, logró potenciar sus iniciativas en la reconstrucción de sus hogares y dar una nueva significación a espacios donde ocurrió la masacre. Es más, aquellos que concentraban un valor simbólico para los sobrevivientes, adquirieron mayor trascendencia; es el caso de la sede de la comercializadora, edificada sobre el mismo terreno donde estuvo la tienda de Iván y Lucía.

La comunidad Tierra Fértil, ejemplo en muchos sentidos, actor social destacado en la defensa de los derechos humanos, ha sido estigmatizada, amenazada, atacada y discriminada de manera constante. La excusa perfecta que dan unos sectores sociales es que simpatiza con el “ejército del pueblo”; otros, que es gobiernista ya que rechaza a dicha organización.

La sociedad de la que hace parte Tierra Fértil, esa a la que pertenecemos, no le da cabida a esa comunidad que le apuesta a la autonomía y a la solidaridad como un modo más humano para vivir con semejantes. Lo legítimo, al parecer, es someter al otro y validar el uso de la violencia para hacerlo. Así parecen constatarlo las memorias del proceso y otras investigaciones.

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* Francisco Pacho Moncayo Benavides es politólogo, investigador del Instituto José Martí – Bogotá[Ilustraciones en esta página: Ana Patricia Palacios ]

** Este cuento se construyó con las vivencias y el trabajo de campo desarrollado en varias zonas del país y con distintos actores involucrados en el conflicto colombiano. Integra el libro Por el agujero de la memoria construyendo Paz, que puede descargarse acá:  ➡  http://es.calameo.com/read/005517913f1a0c74fbedb