Las estrategias de manipulación electoral y la necesidad de participar

“Hay que votar masivamente, hay que superar el abstencionismo y la apatía desinformada” propone, sin desconocer la complejidad de la realidad social y política colombiana, el investigador del Centro de Estudios Pensamiento Crítico (CEPEC) Nelson Román Castro*.

Ya es sabido que atravesamos por un momento histórico trascendental, en el que colectivamente podemos definir cambios estructurales en nuestra vida política y social. Según la jerga de los sectores oficialistas, se trata de superar la asociación entre política y armas en nuestro país. Desde otras perspectivas, se trata de superar el unanimismo en el control del poder político, y abrir espacios para una democracia participativa, no formal y reducida a la representatividad, y mediante esta ampliación de la democracia, agenciar como sociedad empoderada, los cambios estructurales para el bienestar de las mayorías excluidas, marginadas y victimizadas históricamente en Colombia.

Pero, ¿está realmente la sociedad colombiana entendiendo el momento y participando conscientemente en la búsqueda de superar estados atávicos de violencia, marginación y exclusión política y social? ¿Hasta dónde el Estado y sus instituciones están dispuestos a viabilizar un cambio social en Colombia?

En materia política y social, hay dos hechos a considerar en el mencionado momento histórico: el acuerdo con una de las guerrillas históricas del país, las FARC, hoy convertida en partido político; y la mesa de negociación con la guerrilla del ELN. La importancia y trascendencia de estos hechos tendrían que estar causando un gran escenario de debate público nacional, de movilización, de participación masiva y diversa, de confrontación entre el tradicionalismo de las prácticas políticas, y la necesidad de agenciar nuevas prácticas, o más significativo aún, la exigencia y viabilización de un nuevo régimen político. Sin embargo, anticipando lo que acá vamos a plantear, un sector mayoritario de la sociedad colombiana demuestra no estar al tanto de lo que está pasando, y tampoco da muestras de querer enterarse y participar activamente en la definición de un nuevo horizonte político y social para Colombia. ¿Qué razones explican esta situación?

Un evento coyuntural como las elecciones legislativas y presidenciales, tiene hoy mayor nivel de impacto en nuestra cultura política y social. Al parecer es más importante reelegir a los vendedores de ilusiones de siempre -que no son seres de fantasía, sino macabros y siniestros personajes que, como si tuvieran en sus manos la caja de Pandora, hacen brotar todos los males para nuestra sociedad- que superar un ciclo histórico violento y de exclusión de la participación política.

Tomando como escenario de análisis la coyuntura electoral, que va a copar todo el primer semestre de este 2018, vamos a explorar acercamientos a estos cuestionamientos. En el ámbito teórico, la democracia implica el gobierno de todos, esto es, la participación plena y con garantías de todos los ciudadanos en la configuración del poder político del país. En el ámbito práctico, partiendo del entendido que el régimen político en nuestro país es jerarquizante y excluyente, la democracia no solo es formal, sino que incide directamente en las condiciones de vida de la sociedad, dado que las decisiones políticas, es decir, aquellas que afecten o puedan afectar a la sociedad en su conjunto, se toman por parte de minorías interesadas, que fungen como representantes políticos de la sociedad.

De una parte tenemos una democracia formal, con las características antes enunciadas, y de otra parte, hay un espacio vacío para la actuación política, que deja una población que políticamente va de la apatía, el abstencionismo, la manipulación ideológica, hasta el fanatismo político, que reviste características similares al fanatismo religioso, o las más de las veces es una combinación de los dos. Así entonces, con una democracia de papel, con una cultura política empobrecida, manipulada y restringida, el mediador entre el ciudadano y el representante político, es la prebenda o la coacción, como movilizador del acto político que más relevancia tiene en este empobrecido ámbito, el acto ritual de elegir, el acto de votar.

Una campaña electoral hoy, es un evento, no de la democracia y de la participación política, sino un show empresarial-comercial, en el que la política en sí misma es la gran ausente, dado que priman las estrategias publicitarias para que la imagen de la candidata o candidato sea lo más visible posible, y por ningún lado aparece su programa político, para que los electores puedan informarse de por qué deberían votar por ella o él. Una campaña electoral es una verdadera competencia de egos y de odios, en la que se ha naturalizado, que no solo cualquier medio vale para ganar, sino que lo más usual es la manipulación y la violencia, en las más variadas expresiones. En lugar del argumento y del programa político, lo que se ventila en las campañas es el insulto, la injuria, la calumnia, y la exacerbación del miedo y el odio, en contra de todo lo que representa el contradictor político.

También, hay que decirlo, no solo persiste, sino que tiene visos de ir en auge, la violencia física contra el contradictor político, como ha sido usual en nuestra historia. Según como dijimos antes, la asociación entre política y armas es precisamente la página que se quiere pasar, aun cuando son el Estado y la clase política tradicional los que dan muestras de no estar dispuestos a hacerlo. Para ejemplo de ello, recordemos los hechos recientes contra el candidato presidencial Gustavo Petro en la ciudad de Cúcuta, en los que hay evidencia suficiente para aseverar que efectivamente atentaron contra su vida. Sin embargo el CTI desmiente que haya sido un atentado con arma de fuego. Prevalece así la vieja práctica del Terrorismo de Estado en el posacuerdo, con nobel de paz guardando silencio cómplice.

Por qué las propuestas, ideas y proyectos de nación, no son hoy el eje central de las campañas, máxime en la coyuntura histórica que atravesamos, sino la exacerbación del miedo, la rabia y el deseo de venganza, en un empobrecido escenario político de polarización, en el que al viejo estilo de las religiones monoteístas, se sigue promoviendo aquello de que quien no está conmigo está contra mí. ¿Por qué una campaña electoral no se moviliza por propuestas políticas para la solución de necesidades sociales, sino a través de estrategias de marketing político? ¿Qué se busca con esas estrategias?

Vale decir que el marketing político, sustentado en la manipulación de la psique social, no busca promover el programa de gobierno de ningún candidato, para la solución de problemáticas sociales, sino que se basa en el diseño y creación de una situación, que supuestamente amenaza a la sociedad, para la cual el candidato X se constituye en la mejor opción para defenderla de dicha amenaza.

En nuestro caso colombiano, la amenaza histórica ha sido el comunismo, o cualquier proyecto basado en políticas de bienestar social, que pueda ser asociado al comunismo, y por tanto, satanizado. En este entendido, para cualquier colombiano ya es parte de su cotidianidad frases como: “nos vamos a convertir en otra Venezuela”; “nuestro peor enemigo es el castrochavismo”; “nos van a expropiar”; “Santos le entregó el país a las FARC”; “vamos a volver trizas los acuerdos”; “paz sí pero no así”, y otras similares de este talante. Todas estas son frases que simbolizan una situación creada de amenaza social, y no es casual que quienes las difunden son los candidatos representantes de la vieja casta política tradicional.

Las frases en sí mismas son insulsas. Ninguno de las que las difunden se toman la molestia de argumentar nada al respecto, entre otras cosas porque en el terreno de los argumentos tienen todas las de perder. Lo grave es que éstas no son solo frases, sino como dijimos, estrategias diseñadas con el propósito de causar un efecto sobre la psique social, es decir, buscan la movilización de amplios sectores sociales, en favor de los objetivos prestablecidos en la estrategia política así diseñada. El efecto movilizador de estas estrategias está en que no se dirigen a la racionalidad, sino a los sentimientos y las emociones humanas, a través del miedo, la rabia (o la ira), y el deseo de venganza.

En virtud de ese efecto premeditado, los medios masivos de comunicación y las redes sociales promueven segundo a segundo, un constante bombardeo noticioso, en el que ya es trillado ver al Capo histérico y sus conmilitones, vociferando, desgañitándose, sus ojos desorbitados, sus bocas babeantes, repitiendo de variadas formas las mismas frases hueras de trasfondo político, pero indudablemente con un gran efecto movilizador, para respaldar sus campañas.

El libreto no explícito de estas estrategias de manipulación, dirigido al subconsciente humano, dice que si los opositores políticos, contra quienes se dirigen todas sus injurias, llegan al poder, quien pierde es toda la sociedad. Lo que no revelan los candidatos de la vieja casta política tradicional es que, de llegar al poder los sectores sociales que buscan cambios estructurales en la vida política y social en nuestro país, lo único que se ve amenazado es su statu quo, su lugar de poder privilegiado, mediante el cual han controlado los grandes negocios privados que agencian desde los centros del poder político en el país.

El libreto que difunden las estrategias de marketing político en nuestro país no es nuevo, los discursos y las herramientas tecnológicas podrán serlo, pero el contenido no. Este libreto de los reaccionarios dueños del latifundio, es retomado y mil veces usado, del clásico “Principios de Propaganda” de Josef Von Goebbels, el ministro de Propaganda de la Alemania nazi. A su vez el libreto se nutre con los aportes de Eduard Bernays, sobrino de Sigmund Freud, quien llevó los resultados de los estudios de psicología de Freud al campo social, aplicándolos a la política y al mercado, con lo cual surgió el marketing político y comercial en la década del 30 del siglo XX. Hoy su nueva avanzada es la posverdad, para la cual no tienen ningún valor los hechos en sí mismos, sino la versión que dan de ellos los representantes del poder político y social, es decir, la realidad la crea el discurso.

¿Qué defienden las castas políticas tradicionales, a través de estas estrategias de marketing político? ¿Ante qué amenaza real oponen toda su batería de mentiras movilizadoras del miedo y la ira?

Como anotamos previamente, el gran ausente en estas campañas electorales es la política. Para que un ciudadano actúe como sujeto político, con conocimiento de causa, consciente, motivado por su adhesión a una organización política con la cual se identifique, y participe en la búsqueda de condiciones de bienestar y dignificación de la vida para toda la sociedad, se requiere, entre otras, tres elementos: capacidades creadas culturalmente; participación; y contexto social.

Las capacidades creadas culturalmente tienen que ver, no exclusivamente, pero sí primordialmente, con el sistema público educativo, su calidad y libre acceso. En esto incide directamente la inversión del PIB al sistema educativo, que permita a todos y cada uno de los ciudadanos de un país, desarrollar las capacidades educativas y formativas, no solo en conocimientos científicos, sino fundamentalmente en capacidades ciudadanas.

La participación alude a la actuación, a la práctica política directa de cada uno de los ciudadanos de un país, en un entorno político que promueva y viabilice libremente dicha participación. Esto tiene que ver con el régimen político, con el nivel y la calidad de la democracia, y con las instituciones creadas socialmente para la participación política.

El contexto social está referido a la forma histórica en que se ha configurado la dinámica orgánica de la sociedad, en la que inciden principalmente aspectos económicos, políticos e ideológicos. Acá hay que considerar la desigualdad en el reparto de la riqueza social, el uso de la violencia por parte de las élites políticas tradicionales como factor de desarrollo social, y en último término, el efecto de la hegemonía ideológica, derivada de la asociación entre la clase terrateniente reaccionaria y la iglesia.

A manera de síntesis de estos tres elementos, en Colombia se destina un presupuesto pírrico del PIB para la educación, para el desarrollo de la ciencia y la tecnología, además tenemos un sistema de salud criminal, que causa más muertes por año que el conflicto armado, igualmente padecemos un régimen político nutrido permanentemente por el dinero del narcotráfico, lo cual ha determinado que la coima, el saqueo del erario, sea el modus operandi de la gestión pública, y todas las demás lacras a que someten las castas en el poder a la sociedad colombiana. Vivimos en estado permanente de negación y recorte de derechos, pero estamos imbuidos por el sentimiento de patria y el reconocimiento del sacrificio que nuestros prohombres hacen por defendernos.

Mientras tanto, aumenta la corrupción y no pasa nada. Aumenta el desempleo, la pobreza y la pobreza extrema, asistimos a un auge del paramilitarismo, al incremento del asesinato a lideresas y líderes sociales, y no pasa nada. Padecemos la expoliación indiscriminada de nuestros recursos naturales por parte de las multinacionales, las cuales tienen además exención de impuestos, y no pasa nada. Aumenta la polarización política, que se funda en la consideración del contendor político, no como oponente, sino como enemigo, y no pasa nada.

Las condiciones estructurales de vida de una sociedad son el fundamento de la política, de la práctica política de cada uno de los sujetos políticos, pero ya nos es más claro por qué les es esencial a los representantes de las castas políticas tradicionales, llenar el espacio vacío que deja la política con sus estrategias de marketing, con su posverdad, en razón a que de esta manera encubren las razones de la desigualdad social, la violencia, la discriminación, la subasta de nuestros recursos naturales, desde los lugares privilegiados del poder político que han ocupado y que quieren seguir ocupando.

Por estas breves razones expuestas, es que se hace necesario el empoderamiento político de la sociedad colombiana, de que se fortalezca el poder popular, para decidir colectivamente el futuro inmediato de nuestra sociedad. Hay que votar, y hay que hacerlo masivamente, hay que superar el abstencionismo y la apatía desinformada, pero hay que votar articulando ese acto político, con la búsqueda del cambio social histórico que necesita Colombia.

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* Integrante del Centro de Estudios Pensamiento Crítico (CEPEC), filósofo e investigador social interdisciplinario.  cepensamientocritico@gmail.com