El hambre en Venezuela: datos duros y manipulación

El informe de la FAO (ONU) por el cual distintos medios señalan la supuesta ´crisis humanitaria´ que estaría atravesando la Revolución Bolivariana en realidad muestra que, si de prioridades se trata, hay al menos otros 9 países en la región con indicadores más urgentes. Colombia, en la misma categoría que Venezuela.

Por Pablo Solana*. Buscando dar sustento al dramatismo de las imágenes que producen para las cadenas internacionales de TV, importantes periódicos presentaron el último informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) como evidencia del “colapso” alimentario en el hermano país (por caso, NTN24, El Nacional, Univisión o The New York Times; en respuesta a este último medio, el sociólogo y exministro de Comunas de Venezuela, Reinaldo Iturriza, hizo un excelente descargo que puede leerse acá ).

El informe en cuestión se denomina Panorama de la Seguridad Alimentaria y Nutricional en América Latina y el Caribe. Según los datos allí volcados, la prevalencia de subalimentación en Venezuela alcanza al 13% de su población. El documento, bien visto, permite apreciar que 9 estados latinoamericanos y caribeños muestran cifras más preocupantes que la Revolución Bolivariana. Sin embargo, de esas realidades no se habla, sobre esos gobiernos no se pide intervención.

El informe refleja datos preocupantes sobre Venezuela, es cierto. Señala que el porcentaje de la población que padece subalimentación en el hermano país se incrementó en los últimos años, llegando a 4.1 millones de personas, según las mediciones más recientes que corresponden al último trienio (2014-2016). El registro se estima con datos de FAO, FIDA, UNICEF, PMA Y OMS (2017) y aparece como digno de crédito, si consideramos que las mismas estadísticas han reflejado la histórica mejora en los indicadores alimentarios producidos por las políticas sociales del chavismo años atrás. Más allá de las cifras, quien conozca la realidad del pueblo venezolano reconocerá que esas estimaciones se condicen con la situación de padecimiento actual de miles de familias trabajadoras.

La brutal guerra económica que enfrentan el gobierno y el pueblo venezolano explica en gran medida el porqué de esta situación. Ningún analista honesto podría subestimar los efectos del plan de desestabilización destinado a poner en crisis al chavismo (a lo que se suman los errores y las debilidades propias). Las maniobras de sectores políticos y empresariales mafiosos de Colombia son parte del problema, aunque mediáticamente declamen otra cosa. El periodista Marco Teruggi describe: “2219 kilómetros de río, montañas y llanuras separan ambos países. Si bien siempre ha existido una cultura de compraventa entre habitantes de ambos países según el tipo de cambio, a partir de 2013 se puso en marcha el contrabando de extracción para desabastecer el país. Ya en 2014 se dijo de manera oficial que el 40% de los alimentos venezolanos, producidos o importados, escapaban por la frontera”.

Claro que esa certeza, si bien resulta fundamental para comprender lo que sucede, no justifica desconocer una realidad que, de todos modos, es grave y el pueblo venezolano la padece día a día.

Las cifras que nos disponemos a analizar lo grafican. Aun así, puestos en contexto, esos datos exigen otra interpretación. El recorte al que apelan los medios que pregonan la “crisis humanitaria” y reclaman una intervención excluye factores fundamentales de contexto, como la historicidad de esos datos y la realidad estructural de América Latina y el Caribe.

Antes y ahora

Siempre con base en estadísticas de FAO, al abrir el período analizado vemos que la situación que padece Venezuela aún dista considerablemente de la crisis en la que estaba sumido el país antes del arribo de Hugo Chávez al poder. Si el 13% de población con problemas alimentarios de la actualidad es un dato preocupante, qué decir del 21% que se registró en el trienio 1998-2000: así estaba el país durante la IV República que antecedió a la Revolución chavista.

Como se ve, los indicadores de subalimentación en Venezuela siguen siendo menos graves en la actualidad de lo que eran antes de la llegada de Chávez al gobierno en 1999. La notoria mejora de la década inicial de Revolución Bolivariana aún amortigua el retroceso económico de los últimos años. A eso hay que sumarle el colchón decisivo de políticas sociales como las Misiones (fundamentales durante los años iniciales de Revolución), la construcción y entrega gratuita de viviendas (casi 2 millones en total, de las cuales 572.000 se entregaron durante 2017) o el acceso masivo a la educación libre y gratuita: suman más de 2 millones 600 mil los bachilleres y la matrícula universitaria se convirtió en una de las más generosas del continente. Por algo la migración de colombianos al vecino país ascendió a cerca de 5 millones de personas en el momento de mayor consolidación del chavismo (aunque pareciera ser que ahora ese dato es preferible no recordarlo de este lado de la frontera).

Sin embargo, en la actualidad, la guerra económica hace estragos.

¿El fantasma de un pasado pre-chavista, aún peor, debería ser suficiente para que el pueblo venezolano aguante las penurias actuales sin más? Seguramente que no. Pero la evidencia de que ese pasado fue más angustiante incluso de lo que se vive hoy, tal vez ayude a comprender por qué ese mismo pueblo padeciente sigue apostando a la continuidad de un proceso que mejoró sus niveles de vida, más allá de la situación actual. La curva completa permite apreciar la notoria mejoría que produjo la primera década de la Revolución Bolivariana: 18 puntos porcentuales (de 21 a 3%) de caída de los índices de malnutrición desde que Chávez asume su primer gobierno y el año 2008. Si bien eso no exculpa la situación actual, permite entender cómo es que hay un chavismo popular que sigue resistiendo, pese a todo.

América Latina y el Caribe: casos más graves que parecen no importar

Honduras, Guatemala, Haití, Granada, Nicaragua, República Dominicana, Antigua y Barbuda, Santa Lucía y Bolivia son los 9 estados de América Latina y el Caribe que muestran estadísticas de malnutrición más graves que Venezuela. (En el caso de Bolivia, si bien el índice que señala la FAO es relativamente alto -20%-, los gobiernos de Evo Morales acumulan una disminución de 8% y la medición continúa en baja).

Naciones Unidas clasifica el índice de prevalencia de subalimentación en distintas categorías: muy baja (menos de 5% de la población), moderadamente baja (entre el 5 y el 14,9%), moderadamente alta (15-24,9%), alta (25-34,9%) y muy alta (más de 35%). Como se ve, Venezuela se enmarca en la categoría “moderadamente baja” junto a una cantidad mayoritaria de países latinoamericanos y caribeños. Al exponer estos datos, el exministro venezolano de Comunas, Reinaldo Iturriza, se pregunta: ¿The New York Times dedicará un extenso reportaje a la situación de hambre y desnutrición en cualquiera de estos veinticuatro países del continente? ¿Publicará reportajes sobre la “crisis humanitaria” en Colombia, Costa Rica, Panamá, Paraguay, Perú o Guatemala?

 

Como puede verse, Venezuela comparte la calificación “moderadamente baja” respecto a la prevalencia de subalimentación de su población con una cantidad importante de países latinoamericanos y caribeños. Entre ellos, los de la región andina; entre ellos, Colombia.

Venezuela – Colombia

Según la FAO Colombia ostenta, de 2013 en adelante, los índices de subalimentación más bajos de las dos últimas décadas: los datos más recientes indican que 7,1% de la población está mal alimentada, unos 3,4 millones de personas. ¿Otorga eso autoridad moral a las élites políticas para señalar la gravedad de la situación del vecino país? 3,4 es algo menos que los 4,1 millones que indican las cifras más recientes para Venezuela, pero, ¿hace eso la diferencia? ¿Están seguros que es mejor la situación de este lado de la frontera si se ponderan otros indicadores, como acceso a la vivienda o la educación?

La hipocresía que políticos y medios de comunicación predican al respecto (y que, lamentablemente, cala en gran parte de la sociedad) desconoce, además, que Colombia jamás en su historia tuvo los índices de pobreza tan bajos como logró la Revolución Bolivariana en el hermano país. Según el índice de malnutrición que calcula Naciones Unidas, entre 2008 y 2011, mientras en Venezuela solo 3,1% de su población padecía estas dificultades alimentarias (gobierno de Hugo Chávez), en Colombia ese porcentaje rondaba el 11% (Gobierno de Álvaro Uribe, 5,1 millones de personas: cifra más alta aun de la que hoy escandaliza en el hermano país).

Los datos duros no habilitan la actitud soberbia y despectiva que las élites políticas y empresariales colombianas dispensan al pueblo venezolano y a su gobierno; menos justificable aún resultan las agresiones mediáticas permanentes si se tiene en cuenta que, esas mismas élites, lo que más aportan al país vecino es la promoción de la violencia por medio del paramilitarismo y las operaciones desestabilizadoras por medio del contrabando: son parte activa de la guerra económica que genera las desgracias que dicen lamentar.

Castrochavismo

Las agresiones a Venezuela suelen estar enmarcadas bajo un rótulo que la derecha busca aplicar también a la izquierda colombiana, para descalificarla. Según declaman, les preocupa “el hambre que nos espera si llega a ganar en Colombia el castrochavismo”. Pues bien, deberían tomar nota de que Cuba -la sociedad gestionada por el “castrismo” que tanto les espanta- goza de los mayores índices de soberanía alimentaria del mundo: el mismo informe de la FAO indica para la isla el nivel de subalimentación más bajo del continente, “menor al 2,5%”. Más detallado es el informe de Unicef que certificó el reciente logro de la isla: convertir a Cuba en el único país de América Latina y el Caribe en haber erradicado por completo los casos de desnutrición severa en la infancia.

Manipulación

Ocultar la mirada global, fomentar la indignación selectiva, tiene un fin: manipular la información. Así buscan desestabilizar un proceso político soberano que se atrevió a elegir un camino distinto al que impone el mandato de la economía global orientada por las grandes potencias. Por ese motivo la Revolución Bolivariana está siendo sometida a una guerra económica desembozada primero, para demonizarla mediáticamente después, y por último forzar su caída: eso vienen intentando hace años. Aun así, las cifras reales y la comparación continental no se condicen con la decisión de poner a Venezuela en el centro del huracán “humanitario”. La situación, que sí es grave, deberá ser resuelta por el propio pueblo venezolano, sin injerencia extranjera (ni intervención militar ni operaciones desestabilizadoras, como lo son las campañas agresivas de desinformación).

En el caso de las élites colombianas, si tuvieran un honesto interés por el bienestar de nuestros pueblos, bien harían en empezar por casa: las cifras de desnutrición y mortandad infantil en el Chocó y la Guajira se mantienen como en el siglo XIX. Pero el problema –según dicen y nos quieren convencer– sería “parecerse a Cuba o Venezuela”.

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* Editor de Revista Lanzas y Letras y Editorial La Fogata