Cultura popular: cada corazón tiene una luz por irradiar

En los suburbios de Bogotá funciona Terrantes, colectivo artístico-teatral, quienes escribieron para la edición Nº 32 de Lanzas y Letras. Nos dicen que “no hay poder popular, sin creación, no hay un poder al que se llega, el poder se crea, se inventa”. Aquí les compartimos esta hermosa experiencia, y de paso los invitamos en Bogotá al lanzamiento de esta edición Nº 32: “Realidades urbanas en Colombia y en America Latina”, !vamos a tertuliar con los compas de La Fogata!

Desde las calles del barrio Altarmira el sol del atardecer puede verse pleno, ocultándose lenta y luminosamente tras los cerros de Bogotá. Estamos en la localidad de San Cristóbal, en los suburbios surorientales de la gran ciudad. Allí funciona el colectivo artístico-teatral Terrantes. La imagen: dos pisadas de pies descalzos, grabados en una tabla que cuelga del techo de chapas a la entrada del portón lindante a una modesta cabaña de barrio, es la única identificación necesaria. Todos saben que allí está “el teatro”. Quisimos saber qué idea de cultura, qué sentido de lo popular los motiva. Se tomaron su tiempo para enviarnos este artículo, que firma Edgardo, el joven director de la Corporación, pero que supervisaron y aprobaron las y los integrantes del colectivo. Esto es lo que dicen, sienten y hacen:

“Cada corazón tiene
  una luz por irradiar”
Por: Edgardo Claro La Rotta*
Fotos: Colectivo Espora

Tierra de Errantes de Colombia. En efecto nos definimos como errantes, hecho que nos invita a contar un concepto, que antes de ser definido ya invita a la imagen. La recurrente imagen de una modernidad hecha sobre la base de una violencia que la atraviesa, la de la imposición, siempre planeada, de formas de acumulación extrañas a los sentires de quienes habitan los territorios despojados de vida, convertidos en escenarios de producción y sus habitantes en nuevas manos de obra barata, enmudecida y solitaria.

En las ciudades colombianas habitan distintos errantes, millones de errantes van de tumbo en tumbo buscando un nuevo sustento para su existencia, un nuevo pedazo de tierra para construir un territorio y una nueva familia para abrazar sus congojos. Nuestro barrio, el barrio Altamira Sur Oriental, de la localidad de San Cristóbal, en la ciudad de Bogotá, no es extraño a esta dinámica.

Acá andamos errantes con historias, que a veces se nos ocurre, pueden, en la cabeza de quien dibuja mapas, ser un mapa del destierro, del andar a tientas buscando un rinconcito donde echar la cabeza tranquilamente. Seguro nuestros vecinos llegaron a nuestro barrio como llegamos nosotros, sin ningún plan, ni predestinación; lo único que nos caracteriza es una ausencia, un algo roto, un vacío, un silencio, la falta de un hilito que nos junte, que haga de esta tierra en común una comunidad. Ese vacío no invita a la nostalgia, aunque la figura del errante la dibuje entre líneas. No somos nostálgicos de un pasado en donde hubo comunidad, vivimos un momento que enuncia un algo que aún no encuentra nombre.

La montaña que habitamos

¿Existe acaso un nuevo sujeto de la historia? Si existe alguno solo sabemos que no tiene un solo nombre, no se reduce a una sola forma, por eso “errante” es una buena manera de nombrar el sujeto de la crisis. Creemos que esa crisis nos dificulta encontrar palabras con Mayúscula Inicial para nombrar ese sujeto preciso que pondrá a rodar la rabia hecha poema, olla comunitaria, obra de teatro, llamarada de barrio que queme todas las distancias, incendie corazones; baje por estas montañas no solo a regalarle la vida en tiempo al patrón, sino a contar historias, sonsacar sonrisas y dibujar con ellas algún porvenir alegre, sacado a costa de uno que otro quejido de los acomodados.

La montaña que habitamos tiene replicas en todas las latitudes, se ubica en el sur-oriente de la ciudad, aunque se vive en el occidente, el norte y el centro, nosotros la llamamos Margen, un espacio-tiempo identificado por condiciones de vida, donde las imágenes borrosas de los trabajadores dibujan la misma fila de vida inconforme, enseñada a que es mejor tener para el bocado de mañana que vivir de ilusiones. No falta la vecina aburrida en el transporte público que le entristece las mañanas, en la estampa siempre aparece el joven emprendedor que le atiende las quejas al sector servicios, también tenemos la doña echada para adelante que saca su carro para vender las arepas, al estudiante de universidad pública que se le olvido que era pobre porque en la universidad la pobreza sólo es un objeto de estudio, el vecino desempleado que con la liquidación junto pesos para endeudarse con un carrito de acarreos, la vecina que baja los dulces para venderlos en la ciudad. En la Margen pulula la vida, es el lugar donde se reproduce la producción del valor, está lejos de los centros -culturales, médicos, académicos, políticos, financieros-, sirve más como estadistica que como ciudadanía. En fin, la margen es tierra de errantes.

Así errantes nos volvimos amigos, así errantes también nos hicimos tercos. Nuestra política ha sido poner en común nuestras historias errantes. De esta forma, el muchacho del colegio de barrio productor de mano de obra barata un día sin esperárselo se descubrió actor, se descubrió poeta, corazón creativo. Entonces hicimos un montaje con los estudiantes del Colegio Altamira Sur Oriental, por allá en el año 2009, ese montaje nos desbordo y las obras empezaron a montarse en un lugar propio, la cabañita en donde hoy escribimos estas palabras.

Por acá andan los muchachos del colegio descubriéndose únicos para el mundo. Sí algo nos ha dejado estos años es que es imprescindible que cada corazón de pueblo encuentre un cause por el cual contar su luz, el Teatro se nos ofrece un cause hermoso, porque en él hay poesía, hay arrojo. Hay un algo que requiere la política, que es política, es el salto al escenario, al vacío de los sentimientos, a la muerte de lo predestinado, al nacimiento de lo nuevo, que se crea en cada olvido de guion, que invita a sacar lo mejor de nuestra inventiva en cada recorrido de las tablas en el que no tenemos ni idea que hacer al segundo siguiente. Esa es la chispita que nosotros hemos puesto, porque en últimas estamos para poner chispitas, pues el hervidero en el que vivimos es un pajal que con buena chispa va terminar encendido. Así nombrada, la tarea parece fácil, en todo caso no lo es, minúscula tampoco; todos estos años lo único que nos han permitido entender es la dimensión de la tarea. A veces nos salimos del cauce y nos ponemos “serios”, entonces nos preguntamos, “mano qué estamos haciendo, cuál es la proyección estratégica, cuál es la pelea que nos vamos a ganar”. Ahí nos angustiamos y volvemos al cauce. Aunque reconocemos lo cómodo que es nuestro cauce -el teatro- sabemos que el reto de hacer de esto comunidad es algo que va más allá del teatro, el teatro simplemente es nuestra base. En las artes marciales siempre hay unas técnicas base, que no son una formula repetitiva sino más bien una disposición al combate, en nuestro caso es el arrojo.

Hogar de abrigo y abrazo

Cada estreno de montaje es una excusa para contarle a la vecindad nuestras intenciones, les abrimos la casa, que nunca está cerrada, pero esos días está más abierta que nunca. Les contamos que queremos construir una vecindad unida, solidaria, en donde cada hogar sea una casa abierta, una casa errante. Sin embargo, al salir de las obras, con las reflexiones puestas, los vecinos vuelven a su cotidianidad errante; al otro día madrugan a sus trabajos, se embarcan en ese bus que los lleva a la ciudad, les exprime sus energías vitales y vuelven a la noche, a tratar de ser padres y madres de familia, con la sorpresa, en ocasiones, de que ya no hay hijos para se ser madres.

Esa es una de nuestras urgencias, por eso nos interesa el trabajo juvenil, que, en este sentido, es comunitario. Ser hijo, ser padre, ser madre, es un privilegio de clase. Entonces los hijos andan por ahí buscando quien los abrace, porque la fábrica, la casa de los ricos, el bus de la miseria, se llevó a sus papás, quienes le rentaron el cuerpo por horas a la producción de valor, que no los valoriza. La calle empobrecida ofrece un abrazo tramposo, pues no junta sino separa, tiene a la muchachada matándose por una esquina, rindiéndole cuentas a un jefe sin nombre, a esa forma de control que implantaron los ricos en nuestros barrios y nunca ha dejado de ser sombra, mano negra, tristeza eterna.

En ese sentido la Casa Errante es también hogar de abrigo y abrazo. Esto que suena bonito, es en realidad impotencia, en tanto el abrigo debería estar en una calle enriquecida, hecha de solidaridad, de camaradería. Ahí está nuestro reto: en cada proceso cultural, deportivo, artístico, ambiental, caben decenas, pero necesitamos lugar para los centenares, los millares. Una lucha cuerpo a cuerpo por la vida requiere de la construcción de un camino con avenidas anchas y corpulentas, nosotros creemos que ese camino es la calle. Hemos venido apostándole a construir la calle, que en últimas es construir territorio. Por ahí se ha echado andar algún sancocho, alguna fiesta, un cine abierto; esos son intentos por volver la calle lugar de encuentro, de reflexión. Por ahí creemos es el camino.

Esa avenida ancha por donde debe andar la lucha hace muy legítimo nuestro oficio de teatreros, de artistas. El artista es un ser que encarna la política, no tanto porque la nombra sino porque la vive. Crear es un hecho revolucionario, no porque en cada pieza aislada surja la belleza que todo lo transforme, sino porque estamos llamados a la inventiva. Nada que repita los moldes que empobrecen la vida nos va a liberar, por eso el artista como ser creador es un sujeto de transformación.

El artista no tiene mayúsculas, pues cada corazón tiene una luz para irradiar, tiene una proclividad creativa, esa es nuestra rebeldía, hacer de niños comunes, teatreros magníficos. Nuestro protagonismo en la lucha por un porvenir prospero para la vida no es decir todas las verdades sobre el mundo, ni siquiera es la labor crítica, es la disposición a crear, imaginar, despertar encanto por lo imaginado; a eso nos deben invitar a los “congresos”, no a divertir, sino a dar puntadas sobre lo que no está dado, eso que debe ser inventado, el nuevo mundo, la nueva Colombia.

Rosa Luxemburgo hablaba del renacimiento del proletario, nosotros la secundamos, creemos firmemente que en nuestros cuerpos reposa la responsabilidad de inventar nuevas formas de relacionamiento, de ser juntos, de disfrutar la vida, pues en ultimas el capitalismo es una forma que le da molde a una idea de individuo, egoísta y sólo en el mundo. Nuestro errante no es un sujeto hecho, el culmen de la civilización, lo sugerimos el camino para decantar la crisis que vivimos, el anzuelo para eso que los nadaístas llamaban Barbarie Purificadora – Creadora.

El encuentro, el ser juntos, no es algo que esté en las cuentas del capitalismo, por eso la soledad de las calles paramilitarizadas es plenamente coherente con esa forma de organizar el mundo. En nuestros montajes hay historias, contamos cosas, la ética que nos hizo artistas nos llama a contar nuestro pedacito de la historia, esa historia negada. En todo caso, lo importante no es la historia en sí misma, es que ella brinde la posibilidad de crear algo, de creer en algo, de sentir en el cuerpo la capacidad partera que nos habita. En eso reconocemos el ser mujer que somos sin distingo de sexos y géneros, parimos vida, como nueva forma de la prosa, de la rima, nuevos ritmos y tiempos en el Teatro, nuevas escenografías, nuevas formas de crear personajes.

Esa es nuestra invitación: no hay poder popular, sin creación, no hay un poder al que se llega, el poder se crea, se inventa. Sin un arte que prefigure una nueva forma de ser no habrá estructuras organizativas que nos liberen, pues la liberación no está hecha, por eso las distintas luchas que podamos dar son solo momentos de esta ausencia creativa, la cual nos redujo de luchadores a parlamentarios, a voceros, a negociadores. Una nueva forma de ser de la humanidad no se negocia, se crea, el camino de esa creación es lucha, seguro la lucha tiene momentos de negociación, sobre todo de disputa, pues todo molde nuevo requiere romper algo, desacomodar piezas, desamoldarlas.

Ese es el tamaño de nuestra tarea…

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*Edgardo Claro La Rotta: Director de la Corporación de trabajo, social y cultural Tierra de Errantes, Terrantes


Lanzamiento en Bogotá Miércoles 20 de septiembre

¿Dónde? En el café Galería El Quijote /Centro Comercial Los Ángeles. 

¿Hora? 4:00 pm

¡Los y las esperamos!