Contracultura urbana en movimiento

En casi todas las ciudades del mundo encontramos multiplicidad de expresiones que contemplan la ‘contracultura’ como forma de resistir al modo de vida impuesto por el sistema capitalista. Por supuesto Bogotá no es la excepción. Sergio Segura, comunicador y participante de proyectos contraculturales de la ciudad, expuso para el número 32 de nuestra revista impresa una visión de la movida en la capital.

Por Sergio Segura*. Las venas de América Latina siguen abiertas, y parte de la juventud tiende a reaccionar. La violencia institucional deja cicatrices. La liquidez de la comunicación y las relaciones sociales nos ponen en el medio muros invisibles para realizarnos como sujetos libres: consumo, mercado, vida fácil, etcétera. El imperialismo yanqui ganó la batalla cultural sin dar el debate de las ideas, imponiendo el american way of life. Trastocó no solo las fibras políticas y militares a nivel mundial, sino que impuso una idea de libertad basada en la ‘libre competencia’ y la estigmatización de todo lo que oliera a comunismo.

La contracultura es hija de los espíritus rebeldes (léase hippies y junkies), surgida entre intelectuales de Norteamérica y las revueltas de la juventud europea de los años 60, rechazó las guerras imperialistas y sus estragos, propuso formas de resistir a los modelos de vida establecidos, especialmente el militarismo, aunque decayendo pronto, insertándose en su mayoría al sistema al cual se oponían.

Todas las guerras en el mundo han dejado comprensiones que luego se ven reflejadas en movimientos o iniciativas colectivas, producciones artísticas, poesía y posicionamientos en el territorio de lo político.

Prácticas libertarias en las ciudades

Colombia entrará a la lista de los países que solucionaron una guerra por la vía del diálogo, aunque después de medio siglo de terrorismo de Estado y, por consiguiente, de lucha armada revolucionaria. Algunos optimistas de la política, o retóricos estrategas, lo llaman posconflicto. Ese es el concepto que entra al ruedo y por delante está un potente universo para disputar las lógicas de la paz. Solo tenemos dos opciones: ‘la paz de Santos’ o la ‘paz con justicia social’ (con todo y abstracciones).

Ahora bien, dentro de ese terreno de lo político encontramos las expresiones juveniles locales, nunca singulares, que se vienen construyendo con discursos y prácticas cruzadas (a veces antagónicas), que tienen el reto por delante de aportar de algún modo a la dinamización de la micropolítica de esa paz que queremos, en la paz que creemos. ¿Los conciertos, fanzines, conversatorios y encuentros de distinta índole de las ‘escenas subterráneas’, son políticos? En efecto. En sus justas proporciones, pero lo son.

Luego de la proliferación de colectivos y prácticas libertarias en la ciudad en el marco de las luchas antiglobalización de inicios de milenio, muchas organizaciones quedaron en deuda con el uso de las nuevas tecnologías, ya que apenas se empezaban a conocer dichas herramientas comunicativas. Los colectivos de hoy, de la mano de las redes sociales, toman un rol preponderante no solo en la difusión y archivo de producciones, sino en la generación de debates políticos de interés general. Internet no nos cambia la forma de ver el mundo, pero sí es la forma actual de consumir y relacionarnos, donde están en juego multiplicidad de lenguajes y simbologías que se ponen en circulación en la sociedad.

Aquí la dialéctica entre arte y praxis vital cobra relevancia. Los métodos de lucha contracultural (para las que se enmarcan dentro de la lucha social) hacen parte de una subjetivación emancipatoria que genera dimensiones disruptivas y disidentes, pues dentro de las organizaciones existentes son pocas las iniciativas que se piensan dicha intervención táctica en un sentido más amplio.

El colectivo Catarsis, fundado en 2014 en Bogotá, ha mantenido rasgos esenciales de la contracultura y ha buscado generar un estilo de trabajo que le permite llegar más allá del colectivo mismo. En ese sentido y sin ánimo de sobrevalorar, es de resaltar que han apostado a nuevas formas para potenciar la sociabilidad de las ideas, principalmente dentro del hardcore/punk, acercando a diversos colectivos para generar acciones conjuntas que trabajan (en) el desbordamiento de la práctica estética y política, teniendo como prioridad la realidad nacional misma.

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Catarsis es un grupo joven, son chicos y chicas anticapitalistas, algunos animalistas, que se reúnen con intereses musicales afines, dispuestos a trabajar con más personas y organizaciones y proponer prácticas políticas colectivas y emancipatorias.

Un ejemplo reciente es el concierto realizado el pasado 20 de mayo junto a otros colectivos de la ciudad, quienes a través de la autogestión han logrado desarrollar espacios físicos donde le dan cabida a bandas de punk (y otros géneros relacionados) y a la distribución de diferente material contracultural. Este evento se hizo con el objetivo de recaudar recursos audiovisuales para favorecer procesos pedagógicos que adelantan organizaciones indígenas en el norte del Cauca.

Más allá del evento, lo interesante es que se vuelve a presentar en la ciudad articulación de espacios que, aunque diferentes entre sí, se van dando cuenta de lo importante que es trabajar desde una perspectiva unitaria, lo que representa una alternativa cuando no se tiene la opción de pertenecer a una plataforma con un rigor organizativo más rígido y exigente.

En ese sentido, el concepto de “comunidad” tiene que repuntar. La falta de pluralidad regional o local de la mayoría de colectivos existentes, anquilosados en sus espacios de encuentro y gustos musicales dogmatizados, no aportan nada fuera de su círculo (y está bien si no es su interés), pero es claro que “la unidad” entendida como la ampliación de posibilidades para aportar con formas no convencionales desde la izquierda, es una necesidad real y vigente, si queremos que la interacción entre actores y espectadores tenga la incidencia capaz de permitir que todo lo construido vaya girando hacia el bloque de los que no son indiferentes con la política, que actualmente es abrumadoramente minoritaria.

No hay que confundir estos colectivos con las militancias políticas tradicionales o los trabajos de base territoriales de los movimientos sociales; pero, a su vez, no hay que menospreciar otras esferas de la política, que también son radicales, que construyen poder popular (desde esa flexibilidad) y que seguro estarán no solo organizando conciertos y pogueando sino también agitando sus banderas en las marchas contra las injusticias cotidianas que vive el pueblo colombiano. El reto está en potenciar espacios de discusión y reflexión entre los jóvenes que los acerque a las realidades cotidianas con otros discursos que sienten más cercanos, para cuestionar desde ahí dichas realidades, huyendo de lo inmóvil.

*Sergio Segura es periodista. Editor de la sección Internacionales del portal Marcha de Argentina e integrante de Lanzas y Letras. Cursa un doctorado en Derechos Humanos.