¡A Luchar! (1984-1991): Una propuesta de nueva izquierda y unidad

La actual coyuntura de negociaciones de paz y los debates en las organizaciones y procesos sociales y políticos permiten mirar la experiencia de ¡A Luchar! buscando allí alternativas, aprendizajes e incluso errores que es necesario considerar para construir alternativas.

Por Diego Mauricio Fajardo Cely*. ¡A Luchar! se constituyó durante sus aproximadamente 8 años de existencia (1984-1991) en una alternativa política que apostó por el poder popular como construcción social y política, alejándose del Estado y la institucionalidad como espacio de participación o tan siquiera de legitimación. Optó por otras formas de hacer política en el país y, alejado de una opción delegativa del ejercicio político, promovió la democracia directa y el quehacer político propio sin representatividades, las que consideraba ajenas a la propia dinámica cotidiana y de lucha de las poblaciones y sectores sociales. Este proceso político también hizo de su propia experiencia un ejercicio constante de unidad en la izquierda colombiana, heredera de dogmas y rencillas históricas que le impedían salir de su atomización.

Encasillar la experiencia política de ¡A Luchar! en los márgenes muchas veces estrechos de un partido político, una organización política o un frente político conlleva de antemano a restarle riqueza como dinámica de movilización y articulación de sueños y luchas de cientos de miles de personas que, por momentos, asumieron su propuesta como la alternativa más próxima a sus intereses. Los 8 años de existencia de este proceso político lo van a mantener al margen de un único esquema organizativo, apareciendo como una alianza de organizaciones político-sindicales, partidos políticos y movimientos que se oponían a la forma que venían tomando las negociaciones de paz entre guerrilla y Estado, para luego pasar a un movimiento que aglutinó a diversos sectores sociales organizados y no organizados, y por último, una apuesta de organización política que, aunque se aproxime finalmente hacia el ejercicio partidario, no abandonó su repertorio de protesta y movilización social como eje central de su política.

Entender la complejidad de esta experiencia puede estar necesariamente atado a la interpretación de los movimientos sociales y políticos como ejercicios dinámicos, que rompen con los márgenes de ambas acepciones y que se entrecruzan en su proceso histórico, pues sin duda lo social es un espacio profundamente político, mientras la política no se circunscribe a la esfera estatal y formal. (Fajardo, Diego, 2014, p.76).

Su propuesta extra-institucional, que privilegiaba la lucha directa, era una alternativa hacia el poder popular; buscó hacer de la movilización una forma de participación política donde la población, movilizándose y protestando, podía ejercer sus derechos sociales y plantear sus proyectos de país. Este ejercicio político lo buscó concretar en una propuesta global que contara con una institucionalidad paralela a la estatal, donde la participación política de las comunidades y los diferentes sectores sociales, campesinos, negros, trabajadores, pobladoras cívicas, etc., permitiera construir Planes de Desarrollo y Democracia para sus departamentos, municipios, veredas o barrios, y se conjugara con el ejercicio vehemente de la movilización social en las calles que permitiera llevarlos a la materialización.

“La Asamblea Nacional Popular (ANP) es un esfuerzo autónomo del pueblo. Es forjar espacios municipales como cabildos y asambleas con carácter permanente, con junta propia, donde se unan todas las formas organizativas populares, donde se tomen decisiones con carácter de mandato para la municipalidad. Es buscar la articulación departamental y nacional de estos cabildos configurando una institucionalidad paralela y verdaderamente alternativa, configurar así la Asamblea Nacional Popular” (¡A Luchar!, 1987)

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La ANP proponía una nueva institucionalidad, con espacios locales democráticos (cabildos populares), instancias elegidas allí mismo y que presentaban a la comunidad reunida (juntas populares) y proyectos construidos colectivamente para solucionar la problemática social y orientar la administración de los recursos comunes (Planes de Desarrollo y Democracia). Pero no sólo era eso: la ANP era en sí misma un ejercicio de participación política, eran luchas, marchas, tomas de tierras, encuentros y movilización de la gente, que buscaban una forma nacional de congregarse y dar materialización a una nueva forma de hacer política, lejana de la política exclusiva para los “profesionales” de este oficio, abierta para toda persona que cuestionara su realidad cotidiana y quisiera transformarla. Con esta propuesta, ¡A Luchar! buscó romper la política sustentada en las lógicas partidarias y clientelistas que habían marcado la historia colombiana, intentó construir poder popular.

Aunque la propuesta de ¡A Luchar! era de carácter nacional, no logró desarrollarla de igual forma en todas las regiones donde estuvo presente políticamente. Dos grandes movilizaciones políticas y la construcción de algunos cabildos populares, fueron quizá la mayor materialización de su apuesta. El Paro del Nororiente, desarrollado entre el 1 y el 15 de junio de 1987 fue una de ellas; se movilizaron cerca de 70.000 personas buscando llegar a las principales cabeceras municipales para exigir el respeto a la vida y los derechos humanos, la nacionalización de recursos naturales como el petróleo y mejores condiciones en servicios públicos e infraestructura regional en términos de vías, salud, educación y comercialización de los productos campesinos. Estas manifestaciones tuvieron lugar en 6 departamentos de la zona nororiental del país (Cesar, Norte de Santander, Santander, Bolívar, Antioquia y Arauca), y réplicas en Huila y Bogotá. El año siguiente, en el marco de la campaña política El pueblo habla – El pueblo manda, ¡A Luchar!, junto a otros procesos políticos como la Coordinadora Popular del Nororiente, promovió y organizó las Marchas de Mayo. Bajo las banderas de Vida, Soberanía y Bienestar y por el incumplimiento de los acuerdos del paro de junio, se intentó llegar a las capitales departamentales del norte y el nororiente; sin embargo, los cerca de 80.000 campesinos y pobladores de 10 departamentos fueron cercados, hostigados y reprimidos por el Ejército, que trató la movilización como un hecho militar antes que de protesta. Las manifestaciones que iniciaron el 21 de mayo desde diversos puntos de la geografía nacional fueron finalmente disueltas por orden del entonces ministro delegatario César Gaviria, luego de la masacre de Llana Caliente, jurisdicción de San Vicente de Chucurí.

La experiencia de los cabildos populares también se dio en la zona nororiental del país, condición que ratificó un fuerte desarrollo regional de la propuesta política de ¡A Luchar! en esta zona. En otras regiones este movimiento desarrolló luchas de menor envergadura, pero no por ello menos significativas en su apuesta política. Marchas como la de la Bota Caucana en noviembre de 1987 y luchas más sectoriales y de respaldo a movilizaciones nacionales fueron promovidas en departamentos como Boyacá, Valle del Cauca, Nariño, Caldas, entre otros.

¡A Luchar! fue un aire nacional que refrescó la política de cambio en el país; no fue la única experiencia, pero resultó un ejercicio social singular en las regiones a donde llegó su propuesta. Miles de mujeres y hombres encontraron en sus planteamientos y repertorios de movilización la opción de participar políticamente por fuera de los viejos marcos del bipartidismo y el clientelismo.

Apuesta de unidad

La izquierda colombiana durante toda la segunda mitad del siglo XX hizo urgentes llamados a la unidad. Sin embargo, una característica primó en todos sus llamados: el ejercicio unitario debía darse entorno a quien lanzaba el llamado, lo que en últimas se constituía en un peaje donde se quedaban principios, banderas y métodos de construcción organizativa. Pocos procesos políticos lograron evadir ese peaje para alcanzar espacios de convergencia, y muchos menos lograron desmontar el peaje para concretar ejercicios colectivos. La vida del movimiento social y político ¡A Luchar! podría considerarse como una de esas pocas experiencias.

Desde su nacimiento como Acuerdo Político Sindical en mayo de 1984, la unidad estuvo como característica y como empeño. Allí se lograron encontrar en un solo proyecto político procesos partidistas venidos del trotskismo como el Partido Socialista de los Trabajadores (PST), movimientos políticos y sindicales provenientes de varias corrientes maoístas como el Movimiento Pan y Libertad (MPL) y la Corriente de Integración Sindical (CIS), y procesos político sindicales camilistas como los Colectivos de Trabajo Sindical (CTS). La confluencia de diversas corrientes políticas fue posible, no solo por una lectura común del momento, sino por la voluntad política que cada uno de los procesos puso en ceder elementos propios y en no exigirle a los otros hacer concesiones imposibles para sus principios.

A medida que la experiencia se fue posicionando como una propuesta real en el panorama nacional, otras agrupaciones fueron sumándose. Así llegó la Coordinadora Obrero Revolucionaria (COR), el proceso Opinión Obrera, y los Colectivos de Activistas Creditarios (CAC). Su propuesta de acción directa fue encontrado cada vez más oídos receptivos entre colectivos sociales y políticos que la ensancharían progresivamente. Como la propuesta en realidad nunca fue exclusivamente político-sindical, la Primera Convención Nacional vendría a formalizar lo que en la práctica ya se vivía: decenas de procesos estudiantiles, campesinos, barriales, cristianos, etc. integraban ahora la propuesta política. Este espacio que se llamó ¡A Luchar! Por la unidad revolucionaria, si bien mantuvo una visión obrerista, empezó a mirar con mejores ojos la idea de la famosa alianza obrera, campesina y popular (¡A Luchar!, 1986).

El propio desarrollo de la propuesta fue experimentando la llegada de otros colectivos políticos. Entre ellos, un importante partido trotskista se sumaría hacia 1987, el Partido Revolucionario Socialista (PSR). La maduración de muchas discusiones al interior de los procesos que le daban vida a ¡A Luchar! permitió que se planteara como posibilidad real el paso hacia una única Organización Política de Masas (OPM), lo que significaba la disolución de las organizaciones y colectivos políticos en un solo proyecto común; bajo este proceso, fue imposible que el movimiento escapara a las fracturas, salidas y rupturas a su interior. La oficialización como OPM que se daría en la Segunda Convención marcaría la salida del PST junto a otros colectivos y la fractura del Frente Estudiantil Revolucionario (FER) Sin Permiso, que no se apartó totalmente de ¡A Luchar! pero tampoco se disolvió en éste.

Los ejercicios unitarios sin duda experimentan tensiones en su práctica. Cuando las intenciones y los proyectos van madurando, se alcanzan dinámicas y planes colectivos que permiten pasos más cohesionantes; sin embargo, ello también puede estar contagiado de rasgos de homogeneidad que pueden poner en riesgo la rica diversidad que la unidad permite. ¡A Luchar! no escapó a estas condiciones. Si bien los procesos que se apartaron del proyecto común no eran los colectivos mayoritarios, ello no quiere decir que su ausencia no haya significado un cierto grado de pérdida de matices y visiones, que habrían aportado más que su salida.

Una propuesta reprimida

En la década del 80 en Colombia florecieron varias propuestas políticas venidas desde la izquierda que buscaron transformar el país. Pero también fue una época de terror y persecución política desde el Estado, sus fuerzas militares y sus recién creados grupos paramilitares. La muerte y el horror se ensañaron con todas las expresiones alternativas de la izquierda. Ningún colectivo u organización logró escapárseles: la Unión Patriótica es el caso más conocido, pero no el único; aunque en menores proporciones cuantitativas, otros movimientos también pagaron su osadía de enfrentarse a los ricos y poderosos de este país con el asesinato, el exilio, la tortura o el encarcelamiento de muchos de sus integrantes.
Sin embargo, la proporción numérica pasa a un segundo plano cuando se trata de personas y seres humanos. Sus ausencias siempre significaron, como sigue sucediendo en Colombia, una fractura, un vacío, unas enseñanzas perdidas que el proceso colectivo y político pierde. ¡A Luchar! es también un caso de represión sistemática en su contra. Ya en 1989, su informe presentado al Tribunal Permanente de los Pueblos que sesionó en noviembre de ese año en Colombia mencionaba la suma de 205 miembros de este movimiento asesinados o desaparecidos. (¡A Luchar!, 1989). Las investigaciones deben permitirnos esclarecer esa cifra que, lastimosamente, siguió aumentando durante los restantes años de su existencia.

Los avances con los que contamos hoy en las investigaciones que están andando nos permiten asegurar, sin ninguna duda, que la represión en su contra fue un genocidio político. Es a todas luces evidente que se trató de unas dinámicas represivas sistemáticas, agenciadas con un fin político, que era desaparecer a un movimiento o a una expresión política, sacarla de la escena regional y nacional.
Como todo el movimiento social colombiano, ¡A Luchar! emprendió una fuerte campaña por la vida y la defensa de los derechos humanos en el país. En su caso, fue el año 1989 el que enmarcó la Campaña Nacional por la Vida, uno de los tantos esfuerzos que realizó por defenderse y permanecer como propuesta política en Colombia.

El hecho de que un movimiento deba dedicar todo un año de su existencia a defenderse y a exigir que le dejen existir, marca un enorme indicio de la cuota de vida y dolor que tuvo que pagar ante el actuar genocida en su contra.

Bibliografía:

  • ¡A Luchar! (1986, junio). Documentos Primera Convención Nacional ¡A Luchar! Por la Unidad Revolucionaria. Cartilla.
  • ¡A Luchar! (1987, marzo). Asamblea Nacional Popular. Alternativa de Poder. Cartilla.
  • ¡A Luchar! (1988, agosto). Conclusiones Segunda Convención Nacional. Cartilla.
  • ¡A Luchar! (noviembre 1989). ¡A Luchar… Acusa!
    Fajardo, Diego (2014, diciembre). La dimensión política en los movimientos sociales: reflexiones sobre el movimiento ¡A Luchar! Controversia, 203, 43–77.
  • Harnecker, Marta (1989). Entrevista con la Nueva Izquierda. Centro de Documentación y Ediciones Latinoamericanas. Managua.

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* Diego Mauricio Fajardo Cely es sociólogo de la Universidad Nacional. Actualmente está concluyendo sus estudios de maestría en Historia con un trabajo sobre la represión a ¡A Luchar!.